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lunes, 11 de abril de 2011

¿A quién multarán en Francia?

Desde hoy está prohibido llevar velo integral en los espacios públicos franceses, incluida la calle. Su uso puede llegar a ser multado con 150 €. La verdad es que no he seguido demasiado el debate y, por lo tanto, no tengo mucha idea de lo que se han ideado para justificar la medida pero, en todo caso, lo que yo me pregunto es quién va a ser susceptible de recibir la sanción.

Si la idea es impedir una práctica que discrimina a la mujer, seria un grave error multarla a las mujeres que a las que se le ha impuesto su uso, puesto que eso las convertiría en víctimas por partida doble. Quienes deberían ser sancionados, y no serían suficiente el importe, serían los hombres que las obliguen a llevarlo.

Si se pretende disuadir a aquellas mujeres que han decidido libremente su uso, se estaría actuando contra la libertad de las mujeres. Habrá quien discutirá si es posible que alguien decida libremente hacer tal cosa, pero a mí no me sorprendería que hubiese quien sí, dado que existe gente de otras confesiones que se autolesiona como penitencia para ser mejor ante la divinidad de turno.

Si el problema es que el burka o el niqab impiden la identificación de las personas, me parece que una sanción económica resulta ridícula. Las amenazas contra la seguridad deben ser tratadas desde un ámbito penal y, si alguien cree que el velo se puede usar para atentar contra la gente desde el anonimato, quien vaya ataviado con uno debería sufrir un arresto hasta que se desprendiese de él.

De lo que estoy convencido es de que no se trata de una medida de discriminación religiosa porque Francia es, sin duda, un democrático y adelantado país europeo en el que nadie se plantearía sancionar a nadie por razones ideológicas.

miércoles, 9 de marzo de 2011

Cuestión de orden

Cuando un individuo de tan poca vocación religiosa como yo se cruza por la calle con una señora vestida con un hábito y un crucifijo piensa simplemente: una monja. Es consciente de que algunas van de blanco, otras de negro, algunas de marrón... pero piensa que es una simple cuestión estética y les atribuye a todas más o menos los mismos votos que parece ser que no son otros que los de San Francisco: castidad, pobreza y obediencia.

Pues por lo visto obedientes deberían serlo todas y la castidad se les supone tanto como el valor en el ejército, pero el tema de la pobreza no es una cuestión tan generalizada en los distintos órdenes monásticos. He ahí el motivo por el que en un convento cisterciense se puede robar un millón y medio de euros, es decir, lo que supondría más o menos mi sueldo en cincuenta y cinco años si no siguen recortándomelo vía decretazo.

Como no quería meter la pata al estilo del último post, he hecho una pequeña búsqueda y parece ser que las religiosas y los religiosos del orden del císter siguen la regla benedictina y ésta les obliga a ser humildes, pero no necesariamente pobres. Y la verdad es que en el caso de Zaragoza se han ganado fijo su anhelado reino de los cielos, porque conseguir ser humilde con unos doscientos cincuenta millones de las antiguas pesetas guardadas en un armario, tiene su buena parte de penitencia.

No voy a dudar de que el origen de ese dinero es totalmente legítimo, sea por la venta de los cuadros de su monja pintora, por la comercialización de galletitas artesanas o por donativos de devotas feligresas. Sin embargo, tres interrogantes me asaltan al respecto: ¿habrán declarado alguno de esos ingresos al fisco? Si lo han hecho, ¿habrán marcado en la declaración la casilla de aportación a la iglesia? ¿y a otros fines sociales?

Estoy seguro que sí, porque sin duda su fe, su entrega y su solidaridad no les habría dejado conciliar el sueño si no hubiesen compartido su fortuna con las personas más necesitadas de su comunidad. Y es que en eso sí que no hay distinción por razón de orden.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

Una Papada más

Hay cosas que uno piensa pero que no comenta por miedo al ridículo. La verdad es que si alguien sigue mi blog sabrá ya de la indiferencia que despertó en mí la reciente visita del Papa a España pero, como que hacia el medidodía del domingo era difícil ver cualquier otra cosa en televisión, me sorprendí viendo la escenita en que, después de que el Santo Pontífice enguarrase el altar de aceite, una abnegadas religiosas se dedicaban a limpiarlo y poner la mesa.

La verdad es que me sonó a una escena de lo más machista, pero me guardé la observación e intenté justificarla por su marco litúrgico. La iglesia católica, de hecho, no se caracteriza precisamente por su militancia en pro de la igualdad de géneros, pero si unas mujeres desean asumirlo así, son libres de hacerlo.

Visto así, que después saliesen voces críticas con el ritual generó una especie de división en mi propia opinión que amenazaba con llevarme a la esquizofrenia si no hubiese sido por las declaraciones de una de las protagonistas.

Resultó ser que una de las monjas que participó en aquel acto declaró haber limpiado el altar con mucho orgullo. Hasta ahí me hizo decantarme por la libertad individual de elgir el rol que se desee, sin que nadie deba imponerle otro porque sea más políticamente correcto o socialmente deseable. Sin embargo, no se conformó con acabar ahí el comentario y aseguró que todo hombre debería sentirse feliz de ver a su mujer limpiando.

Y ahí se acabó mi dilema. Definitivamente, si desde la iglesia se entiende así, estamos hablando de un órgano retrógrado y nocivo para el avance de una sociedad que no puede permitirse el lujo de renunciar a todo lo que puede aportar la mitad de ella más allá de los servicios de limpieza.

Tomar los hábitos es una decisión personal muy respetable, pero interntar desde ellos lanzar mensajes de servilismo a las mujeres no es más que una muestra de cómo de claro tiene la iglesia católica que la única forma de garantizar su egemonía en nuestra sociedad es la de evitar que ésta progrese y, como sabe que para el progreso social se hace indispensable la participación activa de las mujeres, las invita a convertirse en humildes sirvientes de unos maridos que, además, deberían sentirse felices de estar casados con la mujer de la limpieza.

Luego a alguien le extrañará que a mí me importen un pepino las visitas papales...

jueves, 7 de octubre de 2010

Declinando invitaciones

En el fondo lo lamento porque, seguramente, quienes me han invitado a movilizarme vía facebook contra la visita del Papa tenían otro concepto de mí pero, aún así, voy a declinar su invitación. Pero no lo voy a hacer porque profese ningún especial respeto hacia el señor Ratzinger, ni hacia el cargo que ostenta, ni mucho menos contra la institución a la que representa, sino sobretodo porque odio la hipocresia y amo la tolerancia.

Digo lo primero porque resulta que el argumento esgrimido por quienes hayan iniciado la campaña es el económico, al anunciar que no quieren que dicha visita se financie con nuestros impuestos. Pero resulta que luego dicen estar en contacto con todo tipo de entidades que en sus nombres incluyen términos como ateos o laicos. Por lo tanto, si les molesta la visita del Papa por cuestiones ideológicas deberían anunciarlo abiertamente y no recurrir a tapaderas demagógicas que suenan a indiscutibles.

Digo suenan porque desde mi humilde punto de vista son plenamente discutibles. No sé al detalle cómo se van a repartir los gastos de la visita pero estoy convencido de que por parte de la administración no habrá mucho más gasto que el que pudo haber durante la visita de la familia de Obama a Marbella y no recuerdo que nadie me invitase a movilizarse en su contra.

Justo por esto último apelo a la tolerancia. En alguna otra ocasión ya he expresado mi postura hacia la religión en general y hacia la iglesia católica en particular y, por lo tanto, no creo que se pueda interpretar que escribo esto desde una perspectiva beata. Yo tampoco lo espero, pero considero que la visita del Papa es la de un jefe de estado y la del máximo representante de una de las religiones más practicadas en el mundo y eso, se comparta o no, merece ser tan respetado como si quien nos visitase fuese el Dalai Lama.

Creo fielmente que el estado debe ser laico, es decir, que no debe regirse desde los preceptos de ninguna religión, pero creo que es igualmente necesario que el estado se comporte respetuosamente con todas las religiones del mundo y que, en consecuencia, trate a las personalidades que las representen como corresponde a cualquier personalidad pública.

Si alguien iniciase un movimiento contra la visita de un imán chií o un califa suní seguramente sería tachado rápidamente de cualquier cosa poco agradable. No creo que la religión mayoritaria en nuestro medio deba ser mejor tratada por el simple hecho de su mayoría, pero sí creo que merece al menos el mismo trato. El estado, insisto, puede y debe ser laico, pero a una sociedad no se le puede imponer ni el laicismo, ni el ateísmo, ni ninguna creencia que vaya ni más ni menos allá del respeto mutuo.
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