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martes, 15 de marzo de 2011

Tsunami financiero en Japón

Cuando aún se van contando por millares los cadáveres que aparecen en las costas japonesas. Cuando las imágenes de la desolación y la impotencia humana siguen siendo cotidianas en el país nipón. Cuando las miradas del mundo se dirigen a centrales nucleares que van estallando por fases y un país entero vive en el mayor de los pánicos a una radiación masiva, los queridos mercados financieros nos dan una muestra más de cuál es su ley.

Un tsunami virtual está arrasando los parqués japoneses y amenaza una economía que debería estar preocupándose de un desastre mucho más tangible y de asuntos mucho más primarios. Al más puro estilo carroñero, quienes se dedican a la especulación sobrevuelan los despojos de lo que hasta hace cinco días era un país desarrollado. No dudan, como creo que nadie lo hace, de que Japón se sobrepondrá a esta desgracia como lo ha hecho con muchas otras. Eso, precisamente, es lo que la convierte en un apetitoso objetivo.

Creo que nunca dejará de sorprenderme lo asquerosamente repugnante que resulta el mundo de la especulación financiera. Quienes hoy se apresuran a vender sus valores de empresas niponas están jugando a póker sobre un tapete de cadáveres sin los más mínimos escrúpulos. Quienes mañana se apresurarán a comprar a precios más que bajos para rentabilizar inversiones, estarán arrancando las migajas a los protagonistas de un cuadro apocalíptico para acabar de hinchar sus voluminosas panzas.

De la misma manera, nunca dejará de preocuparme que en los últimos años nuestros gobiernos hayan decidido rendirse sin condiciones a sus reglas, en lugar de plantarles una batalla que, sin ser fácil, debería ser cuando menos moralmente obligatoria. Nunca fue bueno un mundo gobernado por el feroz rey león, pero no puede ser mejor uno gobernado por buitres y hienas.

Decenas de miles de personas están oficialmente desaparecidas en Japón. La mayoría de ellas no aparecerán jamás. Una tragedia, sin duda. Sin embargo, éstas, a diferencia de sus familiares, no podrán llegar nunca a sentir cómo de despreciable puede llegar a ser nuestra calaña cuando se habla de dinero.

jueves, 15 de julio de 2010

Entre la ecología, la economía y el terrorismo


El 20 de abril un pozo petrolífero de la compañia BP explotó a unos 80 kilómetros de Luisiana, matando a 11 personas y dando pie a un vertido de crudo que hasta ayer no había podido ser mínimamente controlado. Desde ese momento las acciones de la multinacional empezaron a perder valor en el mercado hasta quedar reducido a la mitad a mediados de junio.

Hoy el vicepresidente de explotación de BP anunció que por fin la campana con la que intentaban reducir el vertido de petróleo al mar había funcionado y sus acciones recuperaron rápidamente buena parte de su valor perdido.

Visto así deberíamos pensar que los mercados bursátiles son mucho más sensibles desde un punto de vista ecológico de lo que nos pensamos. Eso sería si ignorásemos que lo que los mueve en realidad son las posibles sanciones a las que tenga que hacer frente BP y si ignoramos que, junto con la declaración sobre la campana, se hacía saber que la compañía influyó en la decisión del Reino Unido de liberar a Abdel Basset al Megrahi, el responsable de la matanza de 270 personas en un atentado aéreo en Lockerbie.

Difícilmente sabremos qué ha impulsado a quienes invierten en bolsa a comprar acciones de BP. Quien no quiera perder un punto de inocencia romántica pensará que ha sido la conciencia ecológica del mundo inversor pero quienes, como yo, crean que en la especulación la conciencia es un peso que nadie puede permitirse portear, fácilmente defenderán que el hecho de que se conozca tal nivel de influencia política de una compañía le confiere un valor mayor del que se pueda sospechar.
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