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martes, 30 de noviembre de 2010

Lo que Wikileaks (aún) no sabe

Parece que Wikileaks está dispuesta a airear cualquier asunto más o menos escabroso que en lo bélico o lo diplomático se relacione con la administración de Estados Unidos. Yo, evidentemente, no tengo acceso a fuentes de información privilegiadas que me permitan dar datos sobre lo que hacen o dejan de hacer la CIA, el Pentágono o cualquier otro organismo similar, pero como he sido tan bombardeado por la ficción Hollywoodiense como cualquier otro occidentalito que se precie, voy a permitirme elucubrar con lo que, tal vez, algún día veremos publicado en la web en cuestión.

A Estados Unidos le preocupa tanto la galopante preponderancia económica de China que Obama se dedicó a hacer una gira por Asia en busca de alianzas que les permitiesen hacerles un poco menos fáciles las cosas a los del sol naciente. El catorce de noviembre acababa de visitar India, Indonesia, Corea del Sur y Japón.

No llegó a diez días lo que tardó Corea del Norte en bombardear (según ellos en respuesta a sus vecinos de abajo) una isla en la del Sur, lo que todo el mundo ha calificado de una provocación militar que puede reabrir el conflicto latente entre las dos Coreas, aquella guerra que nunca acabó y que está bajo los extraños efectos de un armisticio desde 1953. Evidentemente, China y Japón no pueden quedarse al margen del conflicto y los propios EEUU ya están haciendo maniobras por aquellos lares por si las moscas.

Insisto en que, seguramente, lo que insinúo no es más que el efecto de mi mentalidad cinematográfica pero, si no fuese porque quien preside los USA es una persona recta e íntegra como Obama, me atrevería a sospechar que no es ajeno a esa escalada bélica y que el objetivo no es otro que generarle tensiones suficientes a los chinos como para que bajen la guardia en lo económico.

Si nada de esto se confirma jamás, quedará como una nueva ida de la olla de un opinador aficionado, pero si algún día Wikileaks publica escandalosos documentos que revelen que fue así, yo siempre podré presumir de haber sido el primero en anunciarlo.

martes, 30 de marzo de 2010

Los derrotados y la historia


Como me gusta verlo todo a modo de poliedro, después de visitar el cementerio americano de Normandía no podía menos que hacer lo propio con el alemán, situado en La Cambe. Éste es mucho más austero porque, entre otras cosas, el mantenimiento corre a cargo de familiares de los allí enterrados y porque en algo así como la mitad de espacio que el primero, se albergan más del doble de sepulturas.

Efectivamente, son más de 21000 los soldados alemanes enterrados a medio camino entre Bayeux y Chebourg, en un recinto que, para empezar, dispone de una décima parte de aparcamiento que el cementerio yanqui. El interior del recinto, sin dejar de ser solemne, tiene mucho menos glamour que el estadounidense, sustituyendo las estrellas y cruces de David blancas por unas pequeñas placas de piedra colocadas horizontalmente en el suelo con los nombres y fechas de nacimiento y defunción de los soldados.

Leyendo las inscripciones llama la atención cómo la mayoría de las fechas restan alrededor de 20 años. Entre las placas, de vez en cuando, se salpican cinco cruces agrupadas y cuando se sube a un promontorio artificial dispuesto a modo de atalaya en el centro del cementerio, se consigue realmente tener una verdadera perspectiva de la cantidad de placas que se reparten sobre el césped.

Todo está perfectamente cuidado. La hierba recién cortada, las piedras limpias y, de vez en cuando, alguna corona de flores a modo de ofrenda se emplaza ante la tumba de algún contendiente. Imagino por un momento cómo ha sido llevada hasta allí la corona y pienso que quien lo haya hecho no habrá podido hacerlo con el honor con que se conmemora a un héroe sinó, más bien, como se llora a quien ha sido considerado un tirano.

En el aparcamiento del cementerio un cartel dice que muchos de aquellos hombre no eligieron ni la lucha ni la causa y, seguramente, tiene razón. La mayoría de aquellos 21000 y pico soldados fueron tan víctimas como los que yacen al lado de Omaha Beach pero nadie va a ver sus sepulcros para reconocer su heroicidad. Sólo hay una pequeña diferencia entre los dos y es que los alemanes perdieron una guerra que nunca deberían haber iniciado, pero de todo el mundo es sabido que la historia la escriben los vencedores.

lunes, 29 de marzo de 2010

El valor de los símbolos


El cementerio estadounidense de Normandía es, tal como reza su tríptico informativo, uno de los 14 cementerios militares permanentes de la Segunda Guerra Mundial en territorios no americanos. Está construido en unos terrenos cuyo uso fue cedido a perpetuidad por el gobierno francés al de EEUU de manera gratuita y libre de impuestos al lado de la Playa de Omaha, la que más víctimas aliadas albergó en el desembarco de Normandía.

cuenta con ni más ni menos que 9387 lápidas, de las cuales 9238 son cruces latinas y 149 estrellas de David. Supongo que entre las tropas americanas no debía contarse ningún musulmán. Además dispone de un centro de visitantes que instruye sobre el día D, un monumento, dos estatuas simbólicas y un memorial.

Tengo mis serias dudas de que con el ajetreo de lo que fue el desembarco y días posteriores, se tenga la certeza de que los restos que ocupan el espacio bajo las lápidas correspondan en la totalidad de casos con los nombres en ellas inscritos, pero estoy convencido de que eso, en todo caso, poco importa hoy en día.

66 años después de la batalla pocos supervivientes de la masacre cruzarán aún el charco para visitar a sus camaradas caídos, serán escasos los hijos que, habiendo tenido tiempo de ser engendrados, aún atraviesen el Atlántico para rendir culto a sus progenitores y, en todo caso, algún nieto lo haga más como programa turístico que como otra cosa.

En todo caso, lo que sí que sigue vivo es el símbolo. Un símbolo de la barbarie de la guerra que parece tener poco valor, si tenemos en cuenta cómo siguen repitiéndose hoy en día. Un símbolo del agradecimiento francés hacia el estado que les salvó de la opresión. Pero también un símbolo del momento en que Estados Unidos empezó a convertirse en un pueblo dominador que necesita buscar frentes más allá de sus confines.
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