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martes, 15 de marzo de 2011

Tsunami financiero en Japón

Cuando aún se van contando por millares los cadáveres que aparecen en las costas japonesas. Cuando las imágenes de la desolación y la impotencia humana siguen siendo cotidianas en el país nipón. Cuando las miradas del mundo se dirigen a centrales nucleares que van estallando por fases y un país entero vive en el mayor de los pánicos a una radiación masiva, los queridos mercados financieros nos dan una muestra más de cuál es su ley.

Un tsunami virtual está arrasando los parqués japoneses y amenaza una economía que debería estar preocupándose de un desastre mucho más tangible y de asuntos mucho más primarios. Al más puro estilo carroñero, quienes se dedican a la especulación sobrevuelan los despojos de lo que hasta hace cinco días era un país desarrollado. No dudan, como creo que nadie lo hace, de que Japón se sobrepondrá a esta desgracia como lo ha hecho con muchas otras. Eso, precisamente, es lo que la convierte en un apetitoso objetivo.

Creo que nunca dejará de sorprenderme lo asquerosamente repugnante que resulta el mundo de la especulación financiera. Quienes hoy se apresuran a vender sus valores de empresas niponas están jugando a póker sobre un tapete de cadáveres sin los más mínimos escrúpulos. Quienes mañana se apresurarán a comprar a precios más que bajos para rentabilizar inversiones, estarán arrancando las migajas a los protagonistas de un cuadro apocalíptico para acabar de hinchar sus voluminosas panzas.

De la misma manera, nunca dejará de preocuparme que en los últimos años nuestros gobiernos hayan decidido rendirse sin condiciones a sus reglas, en lugar de plantarles una batalla que, sin ser fácil, debería ser cuando menos moralmente obligatoria. Nunca fue bueno un mundo gobernado por el feroz rey león, pero no puede ser mejor uno gobernado por buitres y hienas.

Decenas de miles de personas están oficialmente desaparecidas en Japón. La mayoría de ellas no aparecerán jamás. Una tragedia, sin duda. Sin embargo, éstas, a diferencia de sus familiares, no podrán llegar nunca a sentir cómo de despreciable puede llegar a ser nuestra calaña cuando se habla de dinero.

lunes, 14 de marzo de 2011

Hormiguitas en un universo inmenso

Todos hemos sido niños alguna vez y, cuando yo lo fui, aquello de la protección de los animales no se estilaba. Quizás por eso, uno de los entretenimientos habituales cuando se acercaba la verbena de San Juan consistía en introducir un petardo en la boca de un hormiguero y hacerlo detonar. El espectáculo de las hormigas moviéndose frenéticamente estaba asegurado. Seguramente primero para hacerse cargo de la situación y después para reconstruir lo destruido después de un rápido balance de bajas.

Ya hace unos cuantos años que aprendí que aquello no estaba bien. Lo sé porque me enseñaron que estaba mal que unos seres poco menos que superiores como los humanos actuasen tan cruelmente con aquellos indefensos insectos. Pero entonces la tierra tiembla y un tsunami se lleva por delante buena parte de una de las poblaciones humanas más preparadas para soportar ese tipo de tragedias.

En estos casos uno se da cuenta de que, en realidad, no somos más que un puñado de hormiguitas en un universo inmenso  y que nuestra trascendencia es ínfima. Llevamos años creyendo estar más cerca de los dioses que de los insectos, pero tal vez deberíamos darnos un baño de humildad.
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