La verdad es que supe de su existencia casualmente, mientras veía una película "diferente". Scott Pilgrim tuvo que luchar contra uno de ellos, que resultaba ser uno de los malvados exnovios de Ramona. La noche siguiente, mientras compartía cama con la primera entrega de la sala Millenium, Michael Blomkvist hizo referencia a ellos, de manera que me acabó de picar la curiosidad y me documenté mínimamente vía Wikipedia sobre esa especie de secta vegetariana y animalista.
Pero fue dos días más tardes cuando llegué a la conclusión de que los veganos están en pleno proceso de invadirnos. Lo hacen sutilmente, casi tanto como los orientales del cuento de Pere Calders. Sea como sea, ya están imponiendo sus normas. Primero prohibieron los animales en los escaparates de las tiendas de animales, luego las corridas de toros y ahora, según descubrí en un reportaje televisivo, es obligatorio tener distraídos a los animales estabulados, incluso cuando su destino no sea el sacrificio, sino las eyaculaciones múltiples.
Dejo aquí mi advertencia. Estoy convencido de que vendrán más cosas. No me extrañaría que me obligasen algún día a cantarle a mi perro una nana cada noche mientras se pone en brazos de Morfeo o quien sabe si tendremos que adoptar a la descendencia del cerdo vietnamita de porca misèria o, en su defecto y para las fans más acérrimas, el de George Clooney. Mi consejo es que empecemos a despedirnos de buena parte de nuestra sabrosa dieta mediterránea y empecemos a acostumbrarnos a las verduras al vapor y las bebidas de soja.
