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sábado, 17 de julio de 2010

Lo último en tecnología


Debo reconocer que, en esto de la tecnología, yo siempre he estado como mucho a la penúltima. Nunca he tenido un i-pod y mucho menos un i-phone. De hecho siempre he recordado con cierta nostalgia el primer teléfono móvil que utilicé; un Motorola que recordaba más al zapatófono de Mortadelo y Filemón que a cualquier otra cosa.

Aquel teléfono era eso, un teléfono. No tenía juegos, no enviaba SMS, no reproducía música y mucho menos vídeo y no tenía ni idea de lo que era internet. Pesaba y ocupaba el triple que cualquier teléfono actual pero servía para lo que servía, que era hablar por teléfono.

Resulta que ahora los señores de Apple han sacado la cuarta generación de su joya de la corona, el i-phone. Según tengo entendido es una maravilla que sirve para hacer casi de todo. En este caso casi de todo menos hablar por teléfono, dado que un error de fabricación le hace perder cobertura cuando se usa. O no es muy verdad o la gente es más tonta de lo que yo pensaba, porque parece ser que han vendido ya más de un millón y medio de ejemplares cuando lo normal es que quien comprase el tercero se diese cuenta del problema.

En todo caso la solución que propone la empresa es totalmente ingeniosa: le pondremos una fundita. No deja de ser curioso que en pleno siglo XXI, en plena era de las comunicaciones, lo último en tecnología acabe siendo un funda.

Por mi parte pienso seguir yendo a la penúltima. Es la manera de estar seguro de que lo que usas funciona porque ya habrá pasado por la mano de ese millón y medio de personas que parece que hacen falta para descubrir que una cosa sirve para todo menos para lo que debería servir.

domingo, 28 de marzo de 2010

Una batalla perdida


Entiendo perfectamente que nuestras autoriades se crean en la obligación de, en defensa de la propiedad intelectual, los derechos de autor e incluso el libre mercado, intentar regular la transmisión de archivos y productos audiovisuales por la red. Seguramente, por la vía legislativa e incluso la técnica, si se tercia, podrán limitar hasta cierto punto la piratería de imágenes, sonidos y otros contenidos similares, pero después de una experiencia tan ya normal como la de hoy, tengo claro que se trata de una mísión imposible.

Si es factible ver desde Normandía, de forma gratuita, un partido entre el Real Madrid y el Atlético de idem que en España se ofrece por un canal de pago haciendo uso de un canal de deportes japonés, pretender limitar el acceso de dudosa legalidad a contenidos audiovisuales por internet es intentar poner puertas al campo y se convierte en una batalla perdida.

Sólo hay una duda que me asalta cuando veo estas cosas y es quién y porqué se entretiene a poner al alcance de todo el mundo tales contenidos. Para que un inutilito tecnológico como yo pueda acceder a una retransmisión deportiva, un estreno cinematográfico o el último disco de no sé quién, debe haber gente detrás que pongan conocimientos, medios y tiempo para facilitármelo. Teniendo en cuenta que yo acabo recibiéndolo graciosamente, me pregunto si el mundo pirata no resultará ser, en el fondo, un reducto de solidaridad.
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