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viernes, 5 de noviembre de 2010

Pervirtiendo el sistema

Espero que alguien desmienta todo el argumentario que voy a usar a continuación porque, de lo contrario, me sulfuraré definitivamente en contra de quienes mi querida prima Gabi trató de "pijos yendo a hacer de buenas personas mientras se lo pasan bien de viajecito por África".

No volveré a repetir mi opinión sobre si se deben o no pagar rescates a terroristas por parte de un estado, pero sí voy a expresar mi enojo porque encima, una de esas personas que fue rescatada con cargo a los presupuestos (los reservados, supongo) del estado haya decidido ahora solicitar una indemnización al propio estado como víctima del terrorismo.

Lo voy a criticar porque dudo que ese sea el espíritu del que emana la legislación al respecto. Puedo entender que se promulguen leyes para que a un estado se le puedan exigir responsabilidades subsidiarias por los delitos relacionados con los conflictos terroristas que no haya tenido capacidad de gestionar satisfactoriamente.

No entiendo, en cambio, que si un grupo de personas con la mejor de las intenciones decide adentrarse en un país en el que se sabe que existe un conflicto bélico, político o terrorista sobre el que nuestro gobierno tiene poca o ninguna capacidad de influencia, se pueda exigir a éste que se haga cargo de indemnizar a quien, en su momento, decide asumir el riesgo.

El segundo de estos planteamientos se me antoja una perversión del sistema muy parecida a muchas otras de aquellas que se dan en nuestra sociedad mediterránea en la que pesan mucho más los derechos individuales que las responsabilidades colectivas.

El concepto de papá estado protector y todopoderoso debería empezar a borrarse ya de nuestros subconscientes. La madurez de las personas exige un alto nivel de responsabilidad sobre los propios actos y, por ende, la capacidad para asumir sus consecuencias, sean positiva o negativas.

Así las cosas y viendo que Albert Vilalta ni necesita ni quiere la indemnización que se podría derivar de su reconocimiento como víctima del terrorismo sólo se me ocurren dos motivos que pueden justificar su pretensión: o es demasiado inmaduro para el cargo que ostenta o posee un afán de protagonismo patológico.

miércoles, 13 de octubre de 2010

Reality Rescue Show

Tengo que felicitar al presidente chileno o, muy posiblemente, a su gabinete presidencial por su capacidad para convertir lo que podría haber sido una fuente de críticas que complicasen su acción de gobierno en la mejor campaña publicitaria posible sobre su capacidad para dirigir el país. Lo ha hecho convirtiendo el rescate de 33 mineros sepultados en una mina en un culebrón televisado sólo comparable con el Gran Hermano y que ha sido difundido en los cinco continentes.

No dudo que el presidente Piñera y su ejecutivo hayan hecho todo lo debido para facilitar el rescate, pero además han sabido convertir el tema en un reality show al que no le ha faltado de todo. Hasta las cifras las han aprovechado para darle un cariz más espectacular, al recordar que han sido rescatados el 13/10/10, cuya suma da exactamente el número de personas rescatadas. Lo único que les falta por subrayar es que el número de días que han estado encerrados no ha sido otro que 69, con sus connotaciones eróticas incluidas.

La salida de los mineros uno a uno, con sus historias personales y sus celebraciones espontáneas han hecho las delicias del público y ni siquiera se han ahorrado el invitado especial que le diese notoriedad al evento: Evo Morales, el presidente de Bolivia.

Sinceramente, no tengo ni la información ni la formación debidas para hacer un juicio respecto a las responsabilidades del apresamiento de los mineros o la gestión posterior de la situación. En estos aspectos, muchas veces, el resultado es lo que cuenta y, si no se tuerce muy a última hora, éste acabará siendo bueno.

Así las cosas, simplemente puedo eso, felicitar a quienes han tenido la habilidad suficiente para que no tan sólo nadie pueda plantearse la responsabilidad gubernamental al respecto, sinó que han mandado a su presidente al estrellato y de paso, seguramente, le han dado material más que sobrado a algún guionista afincado en Hollywood.

lunes, 30 de agosto de 2010

El precio de una vida


Colgar a la vida la etiqueta de su precio es una tarea más que dificultosa. Evidentemente nadie haría tal cosa por sus seres queridos, aunque luego se acuerden indemnizaciones millonarias en las muertes accidentales para zanjar los pleitos más escabrosos. Dichas indemnizaciones lo que vienen a hacer es poner un precio a posteriori, porque en nuestro mundo, el civilizado y avanzado, la vida no tiene precio, pero la muerte sí.

Existen otros mundos donde eso no es del todo así y donde la extorsión, el secuestro y otras formas de exigir un precio por el hecho de seguir vivos están a la orden del día. Así, cuando alguien decide aventurarse en esos mundos aunque sea con la mejor de sus intenciones, debe asumir que la escala de valores en aquellas tierras son diferentes porque eso es tan parte de su cultura como la gastronomía o las danzas regionales.

Sin duda es muy fácil firmar mi opinión cuando desconozco cualquier cosa que vaya más allá de los nombres de los cooperantes recientemente liberados tras las negociaciones con una franquicia de Al-Qaeda, pero pasar por el peaje del chantaje de los terrorista dudo que sea una buena inversión para un estado a medio y largo plazo.

Pagar rescates puede ser una actitud plenamente razonable para los allegados a alguien en peligro pero cuando un estado negocia con terroristas y los alimenta les está lanzando el mensaje de que las vidas de sus compatriotas tienen precio y que alguien está dispuesto a pagarlo.

Como siempre la geografía cambia muchas cosas y las realidades son distintas, pero seguramente todo el mundo se llevaría las manos a la cabeza en caso de saber que se paga un rescate por la liberación de una persona secuestrada por ETA y yo, sinceramente, no creo que la diferencia esté en la marca de la banda.

Sin duda juego con ventaja no sólo por no conocer a los cooperantes secuestrados (cuya labor es sin duda loable y cuya vida tiene tanto o más valor que la de cualquier otra persona), sinó también por no tener la responsabilidad de tomar decisiones en asuntos de tanto calado pero, sea como sea, probablemente mi postura habría sido más digna del Elíseo que de la Moncloa.
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