Pues sí, sé que también dije que esa es una de las frases que más odio pero, lamentablemente, hoy toca. Ya decía yo que uno de los riesgos del tema del movimiento indignado era que a alguien se le transformase en frustración y la descargase violentamente.
Aunque haya algún vídeo que intente demostrar que todo es una conspiración policial (yo lo he visto y no lo veo nada claro) lo cierto es que, con trampa o no, el movimiento que debía poner en evidencia a quienes nos representan los ha reforzado.
No en vano, ya he visto alguna cosa de esas que empiezan con almohadilla en el twitter de apoyo al parlamento. La cuenta atrás ha empezado y avanza rápido. O la gente del 15M es capaz de pasar de lo abstracto a lo concreto o se queda en nada. Al menos en nada positivo. Y no volveré a decirlo...
Si alguna vez soy mayor, quiero ser opinador profesional, como los de la tele, que hablan de todo sin entender de nada. Mientras tanto y hasta que alguien decida pagarme por ello, me entretengo compartiendo con quien quiera mis opiniones discutibles.
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miércoles, 15 de junio de 2011
jueves, 27 de enero de 2011
Reflexiones sobre la incoherencia humana
No sé si ha sido por la hipoglicemia o por la deshidratación, pero las clase de spinning de hoy me ha producido un cierto efecto de iluminación mística que me ha conducido a una profunda reflexión sobre lo incoherente o, quizá, lo absurdo del ser humano.
Desde que se nos puede considerar como especie, las personas nos hemos dedicado a buscar las maneras para reducir los esfuerzos que nuestra subsistencia requería. Así, inventamos la rueda para no tener que fatigarnos arrastrando cosas, aprendimos el arte de la ganadería para poder evitarnos la persecución de las piezas y, de paso, poder convertirnos en tribus sedentarias, ahorrándonos así los desplazamientos estacionales en busca de alimento.
Pero no teníamos bastante. Moverse de un sitio a otro cansaba, así que domesticamos animales e inventamos mecanismos. Primero carros, luego bicicletas y más tarde ambas cosas con motores incorporados para que la comodidad fuese mayor y el esfuerzo menor.
Aún así, llegó el día en que bajar de coche para abrir la puerta del aparcamiento empezó a resultar pesado, así que inventamos el mando a distancia, que aplicamos más tarde a los televisores, no vaya a ser que gastásemos en casa las energías ahorradas en la calle.
Evidentemente, el hecho de mecanizar nuestros viajes nos ayudó a ganar tiempo, un tiempo que nos sirvió para disfrutarlo con ese mando que habíamos aplicado a la tele y, más recientemente, con sus versiones para videoconsolas. Entonces, alguien descubrió que no hacer ejercicio físico era malo.
Alguna otra persona tuvo la genial idea de inventar gimnasios: unos sitios maravillosos donde la gente anda, corre y pedalea para no llegar a ningún sitio y levanta pesos para no producir absolutamente nada y, encima, paga por ello. Eso sí, a cambio se obtiene (si se posee la constancia y la determinación suficientes) un cuerpo Danone, es decir, acorde a unas proporciones que no sabemos quién ha decidido.
Visto así, el gimnasio acaba siendo una muestra irrefutable de que somos bastante menos racionales de lo que pensamos. Nuestra inteligencia ha traicionado a nuestro sentido común y hemos conseguido esclavizarnos para tener un montón de cosas que nos obligan a esclavizarnos un rato más en el gimnasio. Nuestra estupidez, por su parte, ha conseguido que encima, lo hagamos con alegría.
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miércoles, 2 de junio de 2010
¿Crisis?¿Qué crisis?

A parte del título de un magnífico disco de Supertramp, es más o menos la pregunta que me trasladaron desde un cooperante internacional. Parece ser que le llamaba la atención el hecho de que hablásemos de crisis mientras pudiésemos comer cada día, sólo porque tuviésemos que prescindir de lo que en otras latitudes son privilegios inalcanzables.
La verdad es que visto así uno relativiza las cosas y se ve obligado a pensar para llegar a la conclusión de que lo más grave de todo lo que nos viene pasando últimamente en Europa no es la crisis económica, sinó la de valores.
Resulta que vivimos en un continente que ha sido convulso desde siempre, que ha vivido revoluciones francesas y rusas para defender que personas somos todo el mundo y que esa condición, la de persona, nos confiere los mismos derechos mínimos. Un continente en el que nuestros abuelos tuvieron que dejarse la vida en el tajo porque su trabajo había servido para que su patrón tuviese derecho a vivir de renta, pero no para que ellos tuviesen derecho a una pensión.
Aquello que llamamos el estado del bienestar no es un regalo de nadie, sinó una conquista histórica por la que hubo quien murió y quien mató. Una conquista que hay quien sueña en poder globalizar para que algún día pueda alcanzar a esos países en los que lo nuestro suena a ciencia ficción.
Y ahora resulta que la criatura que se parió después de la guerra de las guerras para garantizarnos un porvenir estable, la Unión Europea, nos ha salido respondona y ha preferido el neoliberalismo americano a la Europa social. A las potencias europeas les preocupa más la volatilidad de los mercados especulativos que el salario de su ciudadanía.
Y aquí, en España, donde siempre habíamos mirado a Europa deslumbrados por los modelos de protección social de los vecinos de nuestros vecinos, resulta que ahora somos los primeros en acatar con resignación las exigencias de esa entelequia a la que llaman mercado financiero.
Parece ser que estamos en disposición de aceptar sin más que el estado renuncie a tirar del carro cuando se atora para dejar nuestra suerte en manos del sector privado al que, para facilitarle las cosas, le vamos a regalar el despido y facilitar el acceso a la gestión de nuestros servicios más esenciales.
Me resisto, y pienso seguir haciéndolo, a aceptar que hayamos renunciado al sueño de nuestros padres para sucumbir al sueño americano. Me resisto no sólo por aspectos románticos sinó porque estoy convencido de que ese sueño, el americano, muy pocas veces se convierte en delirio y la mayoría en pesadilla. Yo me conformo con poder garantizar un sueño plácido a todo el mundo.
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jueves, 20 de mayo de 2010
Lo que nos merecemos

Hoy he visto cómo un magnífico grupo de facebook que tiene por nombre "yo tampoco sabía qué coño hacer con el color blanco del plastidecor" ha conseguido en poco tiempo superar los 82.000 miembros. Mientras tanto, otro, que tiene por título "1000000 de personas contra la bajada del sueldo del 5% a los funcionarios" a penas si supera los 27.000.
No seré yo quien intente juzgar dónde debe y donde no apuntarse la gente, pero sí me creo capacitado para sacar alguna conclusión. Mientras a la ciudadanía de este nuestro estado nos preocupe más la utilidad del color blanco de los plastidecor que la de las medidas económicas que decida el gobierno, tal vez no deba sorprendernos cualquier cosa que nos acontezca socialmente porque, seguramente, tendremos lo que nos merecemos.
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viernes, 19 de marzo de 2010
Catalán sí, pero ¿del año?

No seré yo quien quite mérito a lo que consiguió Pep Guardiola la temporada pasada al frente del F.C. Barcelona. Ya comenté en otro post como fui de los sorprendidos por su éxito y defendí que sería injusto que alguien dejase de reconocer su prestigio si esta temporada no se le daba igual de bien.
Probablemente, pues, si tomamos estrictamente el nombre del premio de catalán del año, sea merecedor de él. De todas maneras y aunque, la verdad, no es que me importe mucho el premio en cuestión ni que tenga mucha idea de qué es lo que se pretende con él, vistos nombres de anteriores ganadores (Vicente Ferrer, Pasqual Maragall, Neus Català, Joan Massagué, ...) pensaba que la idea era otra.
Cualquiera de las personas galardonadas hasta este año lo habían recibido en reconocimiento a toda una carrera (o incluso una vida) dedicada a su manera concreta a un compromiso social. Des de la cooperación, la política, la resistencia o la medicina, pero no era un galardón más a un año eufórico, sinó a toda una existencia.
No es que me parezca mal que el premio tome este nuevo tono, sólo que entonces creo que valdría la pena instaurar otro que premiase a personas que no ganan seis copas en un año, pero que merecerían tanto o más poder llenar vitrinas con ellas.
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