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martes, 11 de enero de 2011

Spain is different

El título, más allá del tópico, es una conclusión. En concreto, la conclusión a la que estoy llegando yo en los últimos días. Sólo así puedo entender que todavía a estas alturas la gente pueda defender que tiene derecho a fumar donde le plazca, tal como alegaba una espontánea en un telediario de hoy.

Y es que en España tenemos muy claro el tema de los derechos propios. Tanto que hasta ignoramos que los demás también tienen los suyos y que, incluso, puede existir una cierta jerarquía entre éstos, de manera que el derecho a la salud pueda estar por encima de la libertad de elegir dónde se fuma.

Pero claro, no debería sorprenderme eso del pueblo cuyo presidente del gobierno critica en una entrevista televisiva que otro parlamento del mismo estado haya aprobado una ley que prohibe las corridas de toros, con el único argumento de que hay que respetar los derechos de los aficionados al toreo. Deduzco que, en consecuencia, debe opinar que el señor que apedrea a un cachorro en un vídeo de Youtube también tiene todo el derecho del mundo a hacerlo.

A las incoherencias de que el estado conceda las licencias para que nos vendan la droga cuyo consumo penalizan, haciendo lo contrario que con la mayoría de las otras drogas y de que quienes prohiben el toreo aprueben y subvencionen los "correbous", hay que sumarle ahora que quien justifica firmemente el supuesto recorte de derechos de los fumadores, critique a su vez el de los amantes de la tauromaquia.

Creo que tenemos un importante lío mental sobre lo que los derechos y las libertades significan. Supongo que lo heredamos de aquellos tiempos en que desde Hollywood nos repetían aquello de "éste es un país libre" mientras aquí soñábamos con ello. Paradójicamente, en EEUU, ni se fuma en espacios cerrados, ni se bebe en la calle.

Por lo que a mí respecta, me quedó mucho más grabada la frase que repetía en cada clase de bioética el bueno de Joan Mir para recordarnos que la libertad de cada uno termina donde empieza la de los demás.

jueves, 29 de julio de 2010

La perversión del tema


Ya le dediqué un post al tema de la prohibición o no de las corridas de toros, así que no voy a perder ni un renglón en argumentaciones a favor o en contra. Lo que sí que quiero expresar es mi, llámemosle malestar, por esa capacidad de no sé quién para transformar cualquier tema en una cuestión identitaria.

Hasta donde yo sé todo el debate que ha llevado a la prohibición de las corridas de toros en Catalunya (si el Tribunal Constitucional o las cortes españolas no lo impiden) empezó a raíz de una iniciativa legislativa popular promovida por un grupo proteccionista de los animales. A partir de ahí, cada una de las firmas tendría sus motivaciones, pero la argumentación de la ILP era clara: la defensa de los derechos de los animales.

Al final se ha acabado transformando en una discusión sobre de dónde es cada tradición, un torero se ha disfrazado con una senyera y una barretina en una plaza y el PP vuelve a hacer anuncios apocalípticos sobre la unidad del estado a causa del resultado de la votación.

El debate entusiasmador a veces, amenazador otras de las identidades, las secesiones y los proyectos nacionales empieza a cansarme. De la proliferación acelerada de candidaturas independentistas se deduce fácilmente lo políticamente rentable que debe ser convertir en debates soberanistas cualquier tema.

Me parece fantástico que discutamos qué futuro debe esperar a esos conjuntos , para algunos inclusivos y para otros no, llamados Catalunya y España. Me parecería perfecto que de una vez por todas (he dicho una, no tantas como sea necesario para satisfacer a alguna de las partes) nos consultasen al respecto y se actuase en consecuencia. Sin embargo, me parece fatal la incapacidad de discutir absolutamente nada sin acabar hiriendo susceptibilidades y levantando ampollas en las sensibilidades ajenas.

viernes, 5 de marzo de 2010

De cuernos y clítoris


Entiendo perfectamente que los diputados del Parlament de Catalunya se hayan sentido ofendidos cuando un filósofo ha comparado las corridas de toros con la ablación del clítoris. Lo comprendo porque, evidentemente, mientras las primeras son actos de tortura y ejecución de animales de segundo orden, las segundas son mutilaciones al gran grupo de los animales de primer orden entre los que se encuentran los seres humanos.

Y es que hace sólo dos años que el mismo parlamento aprovó un decreto legislativo que dejaba muy claro que cualquier animal debía ser tratado prácticamente como un ser humano, prohibiendo su exhibición y su comercio excepto en una condiciones muy concretas y, sobretodo, cualquier forma de maltrato que les pudiese provocar un daño físico o psicológico. A cualquier animal menos a los toros, que deben formar parte de ese segundo orden que menciono, al menos cuando son colocados en una corrida o en otra de las llamadas fiestas con bueyes en zonas tradicionales, que son excepción en todas esas prohibiciones legales.

pero ¿porqué son excepción? Eso debe ser más o menos lo que estos días se discute en el Parlament y, de momento, las explicaciones que he oído no acaban de convencerme. Se dice que es que son fiestas muy arraigadas culturalmente, pero también lo era apalear perros. Se dice que es que las plazas se llenan de gente, pero también se llenaba la plaza de la iglesia de Solsona para ver colgar al burro. Se dice que es que se perderían puestos de trabajo, pero también se pierden al prohibir las peleas de perros o de gallos. Y se dice que es que es arte, pero también lo es el cine y se prohibe que exhiban el maltrato animal en él.

Al final parece que la gran ofensa por la comparación, que podría entenderse como una gran defensa a los derechos del género femenino, se va a haber convertido en una cuestión machista. Va a resultar que lo que en realidad ofende a algunos diputados es que comparemos a una persona con un animal cornudo.
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