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lunes, 14 de marzo de 2011

Hormiguitas en un universo inmenso

Todos hemos sido niños alguna vez y, cuando yo lo fui, aquello de la protección de los animales no se estilaba. Quizás por eso, uno de los entretenimientos habituales cuando se acercaba la verbena de San Juan consistía en introducir un petardo en la boca de un hormiguero y hacerlo detonar. El espectáculo de las hormigas moviéndose frenéticamente estaba asegurado. Seguramente primero para hacerse cargo de la situación y después para reconstruir lo destruido después de un rápido balance de bajas.

Ya hace unos cuantos años que aprendí que aquello no estaba bien. Lo sé porque me enseñaron que estaba mal que unos seres poco menos que superiores como los humanos actuasen tan cruelmente con aquellos indefensos insectos. Pero entonces la tierra tiembla y un tsunami se lleva por delante buena parte de una de las poblaciones humanas más preparadas para soportar ese tipo de tragedias.

En estos casos uno se da cuenta de que, en realidad, no somos más que un puñado de hormiguitas en un universo inmenso  y que nuestra trascendencia es ínfima. Llevamos años creyendo estar más cerca de los dioses que de los insectos, pero tal vez deberíamos darnos un baño de humildad.

lunes, 1 de marzo de 2010

Lecciones de humildad


Un mes y medio tardó La Tierra en volver a temblar y cobrarse cientos de víctimas y millones de personas damnificadas, esta vez en Chile. Justo después, la alarma por Tsunami se hace extensiva a todo el pacífico y así, desde Chile hasta Australia o Japón, la gente se alejó apresuradamente de la costa con el recuerdo puesto en aquellas navidades de hace seis años.

Mientras, aquí, en aquella parte del mundo en la que nunca pasan esas cosas reservadas para pobres y exóticos, El ciclón Xinthia, una ciclogénesis explosiva a la que han apodado la tormenta perfecta, ha atravesado la península dejando daños materiales, incendios y alguna muerte y se ha adentrado en Francia para causar al menos 40 víctimas mortales a las que habrá que sumar las que ya ha empezado a provocar en Alemania y Bélgica.

Si viviese en Nueva York y las películas americanas fuesen ciertas, en cada esquina me encontraría con un viejo barbudo mal vestido anunciando a gritos el fin del mundo. Pero seguramente no, lo más probable es que el apocalipsis aún no haya llegado. Se trata simplemente de que nuestro querido planeta y nuestra madre naturaleza nos están recordando una vez más que no somos más que tristes juguetes a su merced y que, por mucho que nos hayamos creído una especie superior, capaz de conceder o denegar caprichosamente el derecho a la subsistencia del resto, un simple estornudo de nuestra atmósfera o un leve golpe de tos de la corteza terrestre puede dar al traste con nuestros sofisticados planes.

miércoles, 20 de enero de 2010

Si fuera creyente


Si fuera creyente podría pensar que Dios hizo temblar Haití para liberar del sufrimiento sumo a miles de personas inocentes que vivían en la más absoluta miseria. O tal vez podría llegar a creer que se había consumado algún tipo de castigo bíblico a lo Sodoma y Gomorra.

Pero no lo soy y, por lo tanto, sólo puedo reafirmarme en que, por mucho que en ocasiones lo lamentemos, en ningún sitio está escrito que la vida tenga que ser justa y a menudo las desgracias les suceden a quienes menos las merecerían.

La justicia es un invento humano y ahora es momento de demostrarlo. Si la humanidad es capaz de convertir la gran desgracia en una ocasión para refundar un país ahogado en la miseria y darle una oportunidad a los haitianos, entonces se habrá hecho justicia. Si eso pasa seguiré sin ser creyente, pero al menos no dejaré de creer en el ser humano.
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