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miércoles, 4 de mayo de 2011

Sobre libertad de prensa, el derecho a la información y la expresión de opiniones

Creo que ayer era algo así como el día internacional del periodismo y que las asociaciones profesionales del sector aprovecharon para reivindicar la libertad de prensa. Yo también quiero sumarme a su reivindicación porque tengo claro que de ella depende un derecho de toda la ciudadanía como es el derecho a la información, pero quisiera poner algún matiz.

Es difícil entender una sociedad avanzada sin una ciudadanía que tenga libre acceso a la información que le permita formarse opinión sobre los asuntos con conocimiento de causa. Ahí los poderes públicos deben facilitar al máximo la labor del periodismo, que es la profesión que tiene encomendada la labor de acercarnos dicha información.

Como ya tengo una edad, no voy a pedir que las noticias nos lleguen de manera objetiva. Nadie explica nada objetivamente. Aún así, creo que la clase periodística debería tener más claro de lo que lo tiene que, en su caso, la expresión de opiniones y la manipulación de la información están a veces separadas por una delgada línea que conviene no traspasar.

Las opiniones se defienden en columnas y artículos con ese apellido, en debates de radio o televisión o en otros foros de ese estilo, nunca debería hacerse en reportajes o artículos de carácter informativo, en los que se debería facilitar todos los datos posibles a la audiencia para que sacase sus conclusiones.

Si alguien ha compartido mi análisis hasta aquí, seguramente también estará de acuerdo en que omitir información relevante para el juicio de unos hechos también seria censurable en el caso de medios o profesionales de la información.

Y si compartimos este último párrafo, aunque no compartamos la afición futbolística a un mismo equipo deberíamos estar de acuerdo en que no hacer ninguna mención al gol anulado ayer al Real Madrid (y no hablo de valoraciones o juicios, sólo del dsato), no deja de ser manipular la información.

Pues bien, invito a leer la crónica de la televisión pública de Catalunya y a que luego alguien me pregunte porqué digo siempre que no estoy de acuerdo en mantener las televisiones públicas.

jueves, 23 de septiembre de 2010

Las bragas de la Carbonero

Sara Carbonero ha cometido un par de pecados. El primero, responder a los cánones de belleza actuales por encima de lo que lo hacen la media de periodistas del panorama televisivo español. El segundo, haberse buscado un novio más famoso que ella, llamado Iker Casillas. La penitencia que se le ha impuesto es que se hable más de sus cuestiones personales que de sus aciertos o desaciertos profesionales.

Hasta ahí no hay nada especialmente extraordinario y, de hecho, posiblemente le pueda resultar de utilidad al menos a la hora de explotarlo en el campo publicitario como está empezando a hacer. El riesgo es que hasta una caída accidental pueda ponerle en el candelero y en la portada de algún programa más o menos rosa que lo pueda tratar con más o menos gracia.

Pero lo que desde mi punto de vista no tiene la más mínima gracia es que lo que se resalte de la caída de la periodista guapa novia de portero no sea otra cosa que el hecho de que, en su intento por mantener el equilibrio, haya permitido una vista más o menos clara de su ropa interior. Mucho camino le queda por recorrer al mundo del feminismo y tanto o más al del periodismo si el último tiene que recurrir a robar una imagen furtiva de las bragas de una compañera para captar clientes. Ojalá y se apresuren en recorrerlo.

viernes, 10 de septiembre de 2010

El loco de la esquina


Hay un personaje muy repetido en las películas americanas que siempre me ha hecho mucha gracia. Se trata del viejo loco de barba blanca que en la esquina de alguna concurrida plaza, vestido con andrajos y con un cartel colgado del cuello no deja de vaticinar desgracias.

Supongo que tal personaje debe estar inspirado en verdaderos orates cuyas predicciones difícilmente se puede comprobar si se cumplen, puesto que no hay nadie que las escuche para luego recordarlas.

Digo todo esto porque si el pintoresco pastor americano (al que Mariano llama el pirómano) hubiese intentado promover la quema de coranes desde el púlpito de su parroquia de cincuenta feligreses habría dado igual que le hubiesen seguido o no. Por más capacidad de convicción que hubiese tenido, lo máximo que podría haber conseguido es que cincuenta y una personas se dedicasen el sábado a quemar otros tantos coranes en un recóndito rincón de EEUU, con lo que los máximos beneficiados habrían sido la librería del pueblo (dudo que ninguno de ellos dispongan de un ejemplar en casa) y la editorial que los publique.

El problema es que el del bigote blanco (vaya, este no lleva barba) ha encontrado una caja de resonancia mundial que ha conseguido enervar a buena parte de la comunidad islámica más radicalizada (que carece del sentido del humor suficiente para reírse de un chalado) hasta el punto de justificar avisos de la Interpol y obligar al mismísimo presidente del mundo a pedirle algo a un demente con nombre de humorista de Monty Python y ganas de protagonismo.

Tal vez, tal como pide la Casa Blanca, los medios de comunicación deberían plantearse la responsabilidad social que tienen y poner algún código ético por encima de los índices de audiencia. Quizá deberían aprender a darle notoriedad a quien se la merece y no a quien la pide de malas maneras. Posiblemente así, las predicciones apocalípticas de los americanos locos sigan sin cumplirse.

jueves, 25 de marzo de 2010

La objetividad como objetivo


Ya hace tiempo que renuncié a esperar la más mínima objetividad de los medios de información. De hecho, considero que la objetividad no existe porque cualquier persona a la hora de explicar un hecho lo hace desde sus propias experiencias, conocimientos e incluso ideologías y creencias. Tal vez por eso, quienes ejercen el periodismo como profesión hablan de independencia y no de objetividad.

De todas maneras, cuando suceden casos como el de los bomberos etarras de la semana pasada, me planteo hasta qué punto la clase periodística tiene clara su responsabilidad. Hacer llegar el mundo a los hogares no es cualquier cosa. Nuestro conocimiento de lo que sucede, la capacidad para entendernos o enfrentarnos, tiene mucho que ver con la capacidad periodística para expresarse.

No sé si por independencia se refieren, pues, a informar desde una tendencia o a poner la información al servicio de ella, como he visto hacer en algún lamentable trabajo periodístico. Desde el periodismo de este país se ha reclamado con mucha frecuencia la libertad de expresión y se han dado reacciones corporativistas cuando se ha acusado de cualquier cosa a alguien que practique dicha profesión, pero muy pocas veces se ha pedido perdón cuando una información tergiversada ha dado como resultado un perjuicio para alguien.

Creo sinceramente que, con frecuencia, la deontología se olvida si es impedimento para el titular más llamativo o, peor aún, si es contradictoria con la tendencia política de la editorial de turno y eso, más que independencia, es indecencia. No creo en la objetividad como hecho, sólo creemos objetivo aquello que coincide con nuestra concepción del mundo, no obstante tal vez sí debería ser el objetivo de cualquiera que pretenda poder ganarse la consideración de periodista.
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