domingo, 28 de febrero de 2010

Votar a los 16


Parece ser que los y las jóvenes de Catalunya, en reunión asamblearia en Manresa el día de ayer con el objetivo de proponer las líneas para el futuro Pla Nacional de Joventut han planteado la posibilidad de regular como edad mínima para el derecho a sufragio la de los 16 años.

La verdad es que, en un primer momento, puede sonar un poco raro e incluso venir a la cabeza alguna imagen de adolescentes con acné en la cola de las urnas comentando algo así como: "pues yo voto X porque fulanito mola mazo" o "Pues la Yesi me ha dicho que ella vota a Y, tío, y yo si la Yesi vota eso...". Se plantea uno incluso que las papeletas tengan un texto del tipo: "m vt s xa". La verdad es que visto así, resultaría curioso.

Luego uno piensa un poco y se da cuenta de que el problema no es la edad. Hay jóvenes como los descritos, pero también otros con bastante más criterio que muchos de los adultos con canas a los que sigue pesando más la imagen de un candidato o candidata que su discurso o incluso sus hechos.

Y así, si se sigue pensando, se acaba uno planteando que tal vez el problema sea el sufragio universal. Que quizá eso de que toda persona por el simple hecho de tener una edad pueda participar en la decisión de quienes nos gobiernen, sea una idea más romántica que práctica. Que tal vez, aunque suene fachistoide, retrógrado y clasista, habría que encontrar algún sistema que permitiese votar solamente a aquellas personas que demostrasen la suficiente madurez y responsabilidad como para emitir un voto verdaderamente libre y razonado.

Si alguien ha llegado hasta aquí sin tirarse de los pelos debe estar pensando que me refiero a que pido que todo el mundo vote lo mismo que yo, pero se equivoca. Me refiero a dificultar que un determinado partido pueda ganar miles de votos por un simple lema populista, por una sintonía pegadiza durante la campaña o por un candidato o candidata con un físico más o menos agraciado. Me refiero a que la gente fuésemos más concientes de que el acto del voto es un acto de responsabilidad y no de simpatía y que no necesariamente quien nos resulta más simpático debe resultarnos más responsable.

Lo sé, otra vez me fui de la olla, me patina la neurona y seguro que estoy rallando a alguien. En el mejor de los casos, habrá quien se tronche, se parta y se monde con tantas paranoias en un mismo post, pero vaya, que digo yo que, si a los 16 puedes trabajar (si encuentras curro, claro), ¿porqué no vas a poder votar?

sábado, 27 de febrero de 2010

Opiniones ajenas


El otro día vi que uno de mis Facebook-amigos había escrito en su muro una cita de un político del partido en el que él milita. Tal vez no debí hacerlo, pero me dio por replicarlo de mi propia cosecha. Su respuesta no fue otra que la de facilitarme unos enlaces que contradecían mis argumentos, que curiosamente colgaban del dominio de otro miembro del mismo partido y que, eso sí, venían firmados por catedráticos universitarios.

La anécdota la explico únicamente a título ilustrativo de la reflexión que viene ahora: Me preocupa enormemente que los militantes de las organizaciones políticas, sindicales y sociales en general sigan a pies juntillas la doctrina oficial de éstas sin añadirles el más mínimo sentido crítico. Me preocupa que los incipientes valores del activismo social hayan sustituído el ímpetu transformador por la fe ciega en sus gurús.

Es evidente que cuando alguien forma parte de una organización debe ser porque coincide en buena parte con el ideario de ésta, pero ello no es motivo para que ese ideario sea la única argumentación posible para responder cuando se le cuestiona. Mal vamos si la opinión personal ha muerto a manos de la disciplina de partido o del ideario oficialista.

viernes, 26 de febrero de 2010

¿quedará aún gente coherente?


Un nuevo episodio de deriva gubernamental ha pasado casi inadvertido para gran parte de la población, aunque menos para aquellas personas que nos vemos más directamente implicadas en él. Resulta que anteayer el gobierno anunciaba que, muy posiblemente, daría marcha atrás en los acuerdos que había firmado el año pasado con los sindicatos en la mesa de la función pública y que se planteaba (una vez más) congelar el sueldo del personal al servicio de las administraciones en los próximos ejercicios.

La verdad es que a un servidor eso ya no le resultó ninguna sorpresa, puesto que es una medida muy socorrida cada vez que la cosa económica pinta mal y porque, incluso sin anuncios, los gobiernos nos tienen bastante acostumbrados a incumplir sistemáticamente aquellas cosas que acuerdan en materia de personal (he ahí que luego vayan regalando días moscosos a modo de limosna). De hecho, tampoco la diferencia del 0'3% al 0% es tanta y el resto yo ya hace días que lo doy por perdido.

Si por algo me sorprendió, en cambio, que desmintiesen dicho anuncio al día siguiente no fue por el hecho en sí del desmentido, que también viene siendo normal ya en los últimos años, sinó porque en esta ocasión no se debió a una reacción de rechazo inmediata de ningún sector de la sociedad española. Según el gobierno se había tratado de un "error de comunicación".

Lo que sí que pasó es que, entre medio, la señora Carmen Gomis, secretaria de estado para la función pública, renunció al cargo por motivos personales. Eso sí que resulta sorprendente a mi modo de ver. Lo resulta porque no estoy acostumbrado que a ciertos niveles de confianza política se produzcan renuncias voluntarias. Más bien, normalmente, hace falta un cese con escarpa y martillo para desadherir a la gente del sillón.

Me gustaría saber si los motivos personales de la Sra. Gomis tienen que ver con la conciliación de la vida familiar y laboral o están directamente relacionados con esos acontecimientos. Ella desmiente lo segundo, evidentemente, y es que, para acceder a determinados cargos, se debe mostrar una cierta fidelidad al partido que te nombró. Pero, si tiene que ver con el donde dije digo, digo Diego, o es que fue la causante de los errores de comunicación o es que ha decidido anteponer su dignidad y coherencia a su apego al cargo.

Intentaré no averiguar cuál de las respuestas es la cierta, porque mientras tenga la duda podré creer, aunque sea ingenuamente, que aún queda gente coherente.

jueves, 25 de febrero de 2010

Del pecado original al derecho divino


Como en el chiste de la caperucita, aquí el cuento también ha cambiado mucho. En mis tiempos nos explicaban que, de manera muy resumida, Dios creó al hombre y a la mujer a su imagen y semejanza. Que ambos habitaron el jardín del Edén hasta que cometieron el error de incumplir la única norma que les había sido impuesta, motivo por el cual Dios decidió desterrarlos y los castigó a parir a sus hijos con dolor y a ganar el pan con el sudor de su frente. Desde entonces, todos los descendientes de aquellos Adán y Eva hemos vivido pagando por la comisión de lo que se llamó el pecado original.

Pero, como ya se intuyera con el invento de la epidural, parece ser que alguna tendencia religiosa no reconocida por la iglesia ha decidido que mi generación era la última que tenía que pagar por el error cometido por los primeros moradores de la Tierra. Y, como si Dios hubiese reconocido haber sido demasiado severo, se les conpensaba con el derecho divino.

¿Derecho a qué? Derecho a todo. A explotar a sus padres que, además, deben estar agradecidos por ello, a disponer de todo y cuanto deseen justo cuando lo deseen, a que no se les pueda exigir absolutamente nada, a poder recriminar cualquier cosa a sus progenitores y a culpar a la sociedad de cualquier desdicha que les acontezca y sobre la cual nunca tendrán la más mínima responsabilidad.

Dicha creencia se ha extendido con tanto éxito que incluso se ha modificado el código penal para poder condenar el pezcozón al hijo. Aunque quede algún irreductible como aquel juez de Granada que defiende lo contrario, los colegios se explayan profusamente en la explicación de los derechos de que disfrutan nuestros menores.

Aún recuerdo el día que mi hijo, a los seis años, volvió del colegio hablándome con tono inquisitivo de una declaración de la ONU que le concedía, en tanto que menor, no sé cuántos derechos. Cuestionado por mí sobre si le habían hablado de la declaración de las obligaciones del menor él me preguntó quién la había redactado, a lo que le contesté que seguramente nadie, pero que deberían haberlo hecho. Ahí se acabó la discusión.

Y es que, especialmente en nuestro estado, hemos estado tan preocupados en las últimas generaciones por conquistar derechos perdidos que, cuando hemos podido alardear de ellos ante nuestros hijos nos hemos olvidado de explicarles la más sencilla de las normas de conducta social: cualquier derecho acarrea obligaciones.

Siempre he estado en contra de la educación represiva y el pecado original forma parte de ella. Pero el derecho divino es exactamente lo mismo porque, como decía mi profesor de ética, la libertad de uno acaba donde empieza la de los demás y, si alguien tiene todos los derechos está castigando a alguna otra persona a correr con todas las obligaciones y, si eso no es represivo, que venga Dios y lo vea.

miércoles, 24 de febrero de 2010

Delitos de nuestros padres


Pues sí, así de entrada resulta chocante que el juzgado de lo social declare improcedente el despido de Clara Millet teniendo en cuenta todo lo que se sabe respecto a su padre, su boda y su viaje de novios. De todas maneras, después de rascar un poquito la superficie, tal vez alguna cosa se vea diferente.

Resulta que la señora Millet entró en el Palau como directora de Márketing y que, durante la época en que se dieron los hechos que han dado lugar a la causa abierta contra su padre, Félix Millet, ocupaba la plaza de responsable de Internacional. Parece ser, también, que desde que se destapó el escándalo del Palau ella ha negado tener conocimiento de las actividades de su progenitor y que mientras se despedía, por ejemplo, a Gemma Montull, ella era ratificada en el cargo cual entrenador de fútbol por la nueva dirección.

Dejando a parte que desconozco cuál es el régimen jurídico del Palau de la Música y, por lo tanto, no voy a juzgar si la vía de acceso de la Sra. Millet a su puesto de trabajo es más o menos lícita, puedo llegar a considerar creíble que ella no tenía porqué tener conocimiento de las operaciones fraudulentas de su padre. Es evidente, por otro lado, que no sería justo hacer pagar a una hija el delito de su padre y, por lo tanto, la argumentación presentada por el Palau de la Música no justificaría el despido procedente.

Ahora bien, el hecho de que la argumentación no haya sido la correcta, no creo que sirva para justificar que la señora Millet deba mantenerse en su cargo y es que, considero perfectamente legítimo cesar en cualquier cargo de responsabilidad a alguien que demuestra que todo el mundo en su entorno más próximo puede actuar fraudulentamente sin que ella se entere.

martes, 23 de febrero de 2010

¡ya lo tengo!


Me ha costado un poco. Desde que salió la noticia vengo diciendo a la gente que el tema de la jubilación a los 67 no puede ser verdad. Que si fuese cierta no se habría anunciado a bombo y platillo con grandes titulares en la prensa antes de someterla a debate. Pero advertía que, si han obrado así, es porque la propuesta encerraba alguna cosa en letra pequeña que debía pasar desapercibida.

Pues bien, después de ver un rato al señor Corbacho hablar en la comisión de seguimiento del pacto de Toledo me he iluminado y he visto que sólo tenía razón a medias. No es que la propuesta pretendiese servir de tapadera para colarnos por lo bajo algún recorte que pasaría inadvertido. Se trataba, simplemente, de enunciar el problema de manera tendenciosa.

Y es que la pregunta que han conseguido que se haga la gente es: ¿de verdad hay que retrasar la edad de jubilación? cuando en realidad el debate debería girar sobre ¿qué hay que hacer para garantizar la jubilación a los 65?

La diferencia parece sutil, pero si yo le digo a mi hijo que va a tener que dejar de ver la tele porque ahora somos dos personas y sólo hay una tele, igual me contesta que la verá sólo 5 minutos. Si le pregunto cómo podemos hacerlo para verla los dos, es muy probable que me diga que compre otra y él siga con el Bob Esponja.

Una vez más el gobierno ha sido más hábil planteándonos el problema para que nos lo comamos enterito que buscando soluciones para él. No sé si aplaudirles por su habilidad mediática o criticarlos por su inoperancia gestora, tendré que pensarlo.

lunes, 22 de febrero de 2010

¿Seguro que somos tan demócratas?


Yo no tengo lagunas en el conocimiento. Más bien soy poseedor de un inmenso océano de ignorancia que se ve salpicado, de vez en cuando, de pequeñas islas de sabiduría tan desperdigadas que no pueden considerarse ni archipiélago. La verdad es que no he hecho muchos esfuerzos por ganarle tierra al mar en ese aspecto, pero sí que he procurado que las aportaciones de los acuíferos contaminados de parcialidad no diluyeran en exceso la sal del sentido común, con lo que el equilibrio entre dicho sentido y la ignorancia me ha permitido sobrevivir con éxito entre una población multititulada y superinstruida universitariamente.

Entre esas ínsulas aleatoriamente distribuidas en el océano no se encuentra ninguna que tenga que ver con conocimientos históricos o políticos referidos a Honduras o Nigeria pero, leyendo los titulares de hace unos meses y los de esta semana, sería capaz de encontrar alguna similitud.

Alguien me dijo que el Sr. Correa era de izquierdas y que fue derrocado por un golpe de estado ultraderechista. Respecto a Mamadou Tandja, el presidente derrocado en Nigeria, no he conseguido tener claro ni en la omnisapienta Wikipedia, si se le catalogaba de diestro o de siniestro, aunque teniendo en cuenta su condición de jefe militar retirado y de ministro durante la dictadura, no creo que las izquierdas tuviesen mucho interés por alinearlo entre sus filas.

En todo caso, en ambos estados se ha producido un golpe de estado después de que el dirigente democráticamente elegido haya hecho todas las maniobras necesarias para facilitarse la perpetuidad en el gobierno. No voy a opinar ahora (algún día lo haré) sobre qué es lo que lleva a las personas a aferrarse al poder cuando lo prueban, pero sí sobre sus consecuencias.

Resulta que alguien que ha llegado democráticamente al poder busca maniobras pseudodemocráticas para no dejarlo y entonces, cuando alguien decide dar un golpe de estado (o un contragolpe, según se mire) es el último quien comete delito.

Tampoco voy aquí a loar ni mucho menos los golpes de estado, aunque sí a recordar que Hitler también se sirvió de la legitimidad de la democracia para instaurar una dictadura. Y lo que sí que me voy a preguntar es si a todo el mundo le molestan igual todos los golpes de estado.

Me explico: tengo la sensación de que las mismas maniobras políticas son valoradas de diferente manera en función de quien las haga. Creo que la gente estamos dispuestos a consentir o incluso defender y apoyar decisiones a los que identificamos con nuestra ideología y que difícilmente toleraríamos de nuestros opositores políticos.

Si alguien reflexiona al respecto, puede hacerse a continuación la pregunta del título de este post porque, desde mi punto de vista, la democracia implica asumir que a veces, muchas veces, quien manda puede mandar diferente de como nos gustaría. Esa es, sin duda, la grandeza de la democracia que, si tiene alguna gran enemiga, esa es la mayoría absoluta. Pero de eso también hablaré otro día.
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