jueves, 12 de enero de 2012

¿Y si refundamos el comunismo?. Parte 1: El porqué.

Cuando esta prolongada y profunda crisis estaba en sus albores, los principales líderes mundiales propusieron una solución: refundar el capitalismo. Algunas personas, entre las que me cuento, ya nos echamos una risa con aquella expresión, pero es que el tiempo parece que nos está dando la razón.

Unos años más tarde aquella refundación, si es que ha existido, no sólo no ha mejorado la situación económica o social de los países llamados desarrollados, sino que además la crisis empieza a hacer mella en las democracias occidentales, al ser ese ente abstracto llamado "mercados" quien marca las directrices políticas e incluso quien destituye y nombra gobiernos de estados.

Ante esta situación se puede optar por dos opciones: resignarse a doblegarse ante un sistema económico (y cada vez más político) que conduce al desequilibrio económico, a la acumulación de la "falsa riqueza", la financiera, en unas pocas manos y condena a la miseria al resto o, por el contrario, buscar una alternativa.

Ahí es donde yo, en un ataque de febril ingenuidad, propongo que se pruebe la segunda. Existe una alternativa al capitalismo para reconducir una situación que es tan injusta como insostenible. A esa alternativa yo le llamaría comunismo.

A estas alturas, a quien no haya acabado de considerarme idiota, se le habrá cortado el hipo. Seguramente habrán venido a la cabeza ideas de banderas rojas con dibujitos y cosas por el estilo, pero yo no quiero hablar de eso.

Yo no planteo el comunismo como un sistema político. Más bien como una estructura social que, estoy convencido, es la antropológicamente natural. Si la especie humana ha conseguido conquistar la egemonía planetaria no ha sido precisamente por disponer de unas cualidades individuales excepcionales. El supuesto éxito de nuestra especie sobre el resto de las que habitan nuestro planeta reside, precisamente, en nuestra capacidad de vivir comunistamente.

Si cada una de las personas que aprendió, descubrió o inventó algo lo hubiese guardado para sí, seguramente haría años que la humanidad se habría extinguido entre las fauces de un tigre cavernario o a causa de una sequía prolongada, hecho que dudo que lamentase nadie. Sin embargo, la capacidad de nuestros ancestros para entender que la comunidad estaba por encima del individuo, que la unión hace la fuerza, nos dio la propiedad del mundo.

En cambio, después de milenios de teórica evolución, hemos acabado autoimponiéndonos un sistema que lleva implícito el individualismo. Una sociedad que invita a competir entre congéneres para tener más. Incluso a quitar al resto para poder acumular más. ¿Alguien se imagina una comunidad prehistórica sobreviviendo en esa situación?

Así pues, yo no hablo de Marxismos, Stalinismos ni nada por el estilo. Mi incultura crónica y mi déficit de lectura me convierte en un casi analfabeto en esos temas pero, de hecho, esos modelos llamados comunistas tampoco demostraron mucho éxito en la práctica.

Lo que yo voy a proponer en las próximas entradas de este blog es lo que se vendría a llamar un comunismo antropológico en el que no se renuncie al incentivo en forma de propiedad privada, sino en el que ese incentivo sea el resultado de la contribución a la comunidad. Intentaré vomitar mis ideas sobre en qué debería fundamentarse el sistema y sobre cómo hacer el tránsito hacia él.

Sé perfectamente que mi nivel de conocimientos me hará decir un montón de barbaridades que despertarán la hilaridad. Soy consciente que, ni aunque apuntase hacia el camino adecuado, nada de lo que yo explique podrá ser riguroso y mucho menos tenido en cuenta por nadie que se precie.

No obstante, yo lo escribiré con dos objetivos: el primero, que las aportaciones de quienes tengan a bien contradecirme me ayuden a darme cuenta de lo enfermo que estoy y el segundo, que no vaya a ser que me pase como con el Spining y resulte que de aquí a un siglo se hable de algo parecido y se atribuya su invención a algún máster de ESADE.

jueves, 17 de noviembre de 2011

Al fondo a la izquierda

Siempre he sido del parecer de que unas elecciones nunca las gana o las pierde un partido político. Es la ciudadanía consultada y que después será gobernada por la mayoría electa quien podrá valorar en el futuro si ganó o perdió con la elección.

Muy posiblemente, a fecha de hoy haya mucha gente que creyó ganar y que ahora piense que perdió en su día al votar socialista. Quienes se reafirmen en su elección de hace menos de cuatro años seguramente opinen que no, que si en lugar de a ellos se hubiese elegido a "los otros", la cosa habría sido aún peor. Aunque claro, esa última hipótesis nunca la podremos comprobar porque no pasó.

Aún así, si las encuestas aciertan sí que podremos saber dentro de otros cuatro el resultado de votar de manera absolutamente mayoritaria al Partido Popular. Y lo sabremos, en buena parte, a causa de ese primer grupo al que me refería: el del socialismo desencantado.

La verdad es que no es extraño que exista ese tipo de personas. Gente que se siente ideológicamente de izquierdas pero sin extravagancias y que han visto que cuando la cosa se ha puesto cruda quienes consideraban "los suyos" han hecho una política de un corte neoliberal digna de "los otros". Así las cosas, deben pensar, si hay que hacer políticas de derechas, que las haga la derecha.

Y todo ese pensamiento viene, una vez más, inducido por el error de pensar que sólo hay dos opciones al que nos empuja (y me encantaría pensar que involuntariamente, pero no) el sistema . Que si con la supuesta izquierda hemos tocado fondo, la salida es la derecha porque no existen más que "los unos" y "los otros".

Pues yo me planteo si no puede ser que si cuando las cosas se tuercen la nave se escora a la derecha, en lugar de girar más el timón en ese sentido no tendríamos que intentar enderezar el rumbo apretando hacia la izquierda, no vaya a ser que se escore tanto que al final se hunda.

Vaya, que me planteo que si aquellas personas que piensan votar PP porque el PSOE falló no deberían en realidad votar ICV, Equo o IU. A malas, si éstos se ven forzados a centrarse igual hagan lo que el socialismo desencantado esperaba que hiciese su partido. Porque, por si alguien lo ignora aún, a parte de "los unos" y "los otros" existen "los de más allá" e incluso "los de la otra punta".

Y si alguien a estas alturas aún cree que votar PP puede servir para contentar a quienes de verdad parece ser que mandan, es decir, a los mercados, que miren hacia Grecia o hacia Italia. Los mercados son monstruos insaciables que no responden a ningún amo más que a su propia codicia. Contentarlos es imposible, combatirlos no lo hemos probado y quizá funcione.

Total, que lamentablemente no parece que hayamos tocado fondo aún pero que deberíamos estar seguros de que en esto de la crisis no nos equivocamos de salida y que yo propongo humildemente salir del fondo por la izquierda ni que sea porque, al fondo a la derecha, ya sabemos lo que hay.

lunes, 7 de noviembre de 2011

¿Del Barça o del Madrid?

Aunque parezca mentira, la Liga de Fútbol Profesional, la BBVA, la juegan 20 equipos. Aún así, cuando alguien en este país quiere saber con cuál de ellos simpatizas, te pregunta si eres del Barça o del Madrid, como si las otras dieciocho opciones no existiesen.

Entre las causas de esa creencia se podrían considerar múltiples factores pero, sin duda, uno nada despreciable es el trato que las televisiones prestan a cada equipo. Aunque no he hecho nunca una estadística ni soy tan aficionado al tema futbolístico como para conocer la programación de cada canal relacionada con éste, estoy convencido de que la suma de minutos televisivos dedicados a Barça  y Madrid multiplica unas cuantas veces los que se dedican al resto de equipos juntos.

La justificación, a veces, resulta obvia. Barça y Madrid tienen más afición detrás que el resto de equipos juntos. Pero ese dato, por más real que pueda resultar, no justifica el trato televisivo, especialmente en lo que a las cadenas públicas se refiere. Aunque pueda parecer extraño yo conozco, al menos, a un seguidor del Athletic de Bilbao, a tres del Español y a uno del Sevilla (desde aquí un beso a mi tío Juanjo) que tienen el mismo derecho a ver y saber de su equipo que los culés y los merengues.

Pero es más. Yo que soy más o menos crítico con esto de las televisiones públicas, sólo les vería una razón de ser, precisamente, si apostasen por la pluralidad. Si en lugar de basarse exclusivamente en criterios comerciales, lo hiciesen en pro del derecho a la información y a la diversidad de opiniones en este país (o estado o como cada cuál quiera denominarle). Si defendiesen esa pluralidad sería razonable que dedicasen más tiempo a esos otros equipos a los que nunca las cadenas privadas dedicarán el suyo.

Claro que, si eso fuese así, si las opiniones de Bielsa se oyesen tan a menudo como las de Guardiola, tal vez alguien descubriría que el fútbol se había inventado antes de que naciese el azulgrana. Si nos enseñasen tantas veces a Adrián González como a Cristiano Ronaldo, igual resultaría que a las señoras les acababa gustando más el del Rácing. Y si eso pasase, igual algún día alguno de esos equipillos correría el riesgo de tener tanta o más afición que los dos grandes y quien sabe si entonces éstos podrían llegar a tener los mismos recursos y, en consecuencia, igual esa especie de liga particular de dos dejaría de existir.

Quien haya llegado hasta aquí se habrá dado cuenta ya de dos cosas: de que no entiendo mucho de fútbol y de que si el objetivo de este post era decir eso, me lo podría haber ahorrado. Lo que pasa es que, en realidad, yo quería hablar del debate político previsto para esta noche.

Por si alguien no se ha enterado aún, en España no hay elecciones presidenciales, sino legislativas. El 20 N no elegimos a quien presidirá el gobierno, sino a quienes constituirán las cortes. Serán esas personas las que decidirán quien gobierne. Así las cosas, las opciones van mucho más allá de Rubalcaba y Rajoy, por más que nuestra maravillosa televisión pública nos quiera hacer creer que no es así.

Nuestra querida profesión periodística se queja reiteradamente de que no sé qué ley les obliga a distribuir la horas dedicadas a la información electoral en función de la representación obtenida en los comicios anteriores y después una de sus academias profesionales monta debates exclusivos de hora y media en prime time con tan sólo los dos con más escaños.

A mí no me gusta mezclar el deporte con la política pero, en este aspecto, ambos dan el mismo asco. Quizá parte del problema sea que en política (como en baloncesto) yo no soy ni del Barça ni del Madrid y por eso quisiera que todo el mundo tuviese el derecho de, por lo menos, conocer todas las opciones que tiene para poder elegir realmente en libertad. 

jueves, 3 de noviembre de 2011

A mí que no me pregunten

La que ha liado el tal Papandreu con su idea de convocar un referéndum para preguntar a su ciudadanía no sé qué sobre el plan de rescate europeo a Grecia. Estoy segurísimo de que mucha gente defenderá que precisamente eso es lo que tendrían que hacer con más frecuencia quienes gobiernan y, de hecho, a eso se deben referir todas esas personas indignadas que piden una democracia real. Yo, sinceramente, discrepo.

La verdad es que, si yo fuese griego y teniendo en cuenta que no se sabe exactamente que es lo que se va a preguntar, no tendría ni idea de qué responder. La situación en Grecia es tan delicada que entre quienes se supone que entienden existen discrepancias, así que pretender que yo participe de una decisión de la cual no puedo tener conocimiento suficiente lo considero una irresponsabilidad.

Ese es mi punto de vista, es decir, el de una persona con una inteligencia media, una formación universitaria (aunque de poco prestigio) y un cierto interés por las cuestiones políticas y económicas. Debo ser, más o menos, un ciudadano de la media. Por lo tanto en un referéndum participaría gente mucho más capacitada que yo para dar una respuesta informada a la pregunta. Sin embargo, también tendría derecho a participar el 50% de población incapaz de dar una respuesta mínimamente razonada al asunto y que lo haría en función del tiempo climático del día de la votación, de la simpatía hacia quienes defiendan una u otra opción o por llevarle la contraria al vecino del quinto.

Así las cosas, creo que pasar un asunto así a sufragio popular es algo así como escurrir el bulto a la hora de tomar la decisión más delicada que debe haber tomado alguien en la historia reciente de Grecia. Pasase lo que pasase después, la culpa sería del pueblo. Y todo eso, contando con que no se hiciese trampa en la pregunta, que es lo más probable.

Nuestra representación en cortes y gobiernos nos puede gustar más o menos. Para eso podemos expresarnos en cada comicio e, incluso, concurrir a ellos. En todo caso esas son las personas que ostentan una responsabilidad ineludible por la que cobran y para cuyo desempeño se rodean de gente que debería ser conocedora de los temas que les conciernen.

Queda mucho por avanzar en cuanto a las consecuencias que deberían tener para quienes nos mandan las decisiones erróneas y, en su caso, las malintencionadas; pero pretender que quienes nos representan (aunque haya quien no lo sienta así) nos consulten cada decisión no es sólo una cuestión utópica, sino también una irresponsabilidad en la práctica.

Yo ya voté a quien creí oportuno. Ahora quien ganó que decida y que lo haga bien (que no necesariamente a mi gusto). Yo ya les criticaré, que siempre resulta higiénico pero a mí que no me pregunten porque no sé ni tengo porqué.

miércoles, 12 de octubre de 2011

La duras palabras de Duran

Oía el otro día las declaraciones de Duran i Lleida en uno de esos actos precampañeros que vienen a producirme más sensaciones nauseabundas que otra cosa. Yo no sé si en la política, como en el rock, se consume algún tipo de estimulante antes de salir al escenario, pero esa podría ser una explicación para entender cómo pudo expresarse de tal manera a la hora de poner sobre la mesa una discusión que, muy probablemente, debería plantearse algún día aunque en otro tono y en otros foros.

En cuanto a las formas hay que lamentar que alguien que sueña con tener responsabilidades de gobierno estatal (o al menos en Catalunya se bromea sobre la ambición ministerial de Duran) pretenda arañar votos convirtiéndose en abanderado de una argumentación populista, seguramente basada en el desconocimiento y relativamente frecuente en las tertulias de café por Catalunya pero que, a todas luces, hace apología del enfrentamiento entre comunidades, algo que no creo que beneficie ni a ninguna de ellas ni al conjunto del estado.

Sobre el fondo, en cambio, quisiera hacer alguna reflexión especialmente después de encontrar en el muro de una facebookamiga un enlace a un artículo interesante. Yo no voy a discutir el derecho al subsidio que corresponda a ninguna persona trabajadora cuando no existe ocupación. Puedo entender perfectamente que el empleo en el sector agrario puede llegar a ser (cada vez menos) altamente estacional, pero aún así creo que quienes pretenden defender los intereses de esas personas se equivocan de estrategia.

Garantizar subsidios y ayudas para quienes no pueden ejercer su derecho al trabajo no es sólo lícito, sino justo y necesario, como diría un cura. Sin embargo, hacer del paro cíclico un hecho normal y callar a la gente con cuatrocientos euros, me parece hasta inconstitucional, al privar a esas personas de ejercer uno de los derechos que, según dicen, deberían dignificarlas.

Así, paradójicamente, el Plan de Empleo Rural (PER) se ha convertido en un Plan de Desempleo. Ha hecho que, según apunta Francisco Luís en su artículo, más de ciento cincuenta mil andaluces y andaluzas hayan llegado a considerar normal pasarse la mitad de sus vidas viviendo de un subsidio. Y eso, desde mi punto de vista, demuestra muy poco interés por parte de sus representantes (que posiblemente también ocuparán alguna suite en algún hotel y que también son mantenidos por los recursos públicos) en solucionar los problemas de fondo de su ciudadanía.

Si una pequeña parte de lo que se ha empleado en este país, incluso de lo que se está empleando actualmente en subsidios por desempleo, se estuviese aprovechando para reducir morosidades de administraciones, abordar verdaderas reconversiones productivas (no sólo industriales, porqué no buscar alternativa a la producción agraria en comunidades con excesiva dependencia de dicho sector) o facilitar la autoocupación, por ejemplo, posiblemente las tasas de paro habituales (descontando el último decenio, por ejemplo) en España serían otras.

Probablemente quienes me consideraban un rojillo recalcitrante y hayan leído hasta aquí estén ahora mismo en estado de confusión. Puede que no sea tan rojillo como piensan o quizá sea que considero que la clase obrera tenga demasiada dignidad como para tener que mendigar prestaciones públicas mientras pueda ofrecer a la sociedad su más preciado bien: la capacidad de trabajo.

Una vez más, sin embargo, las formas y el momento han puesto a huevo eludir el fondo del debate. Desde Andalucía han considerado el tema una ofensa tal que reprovarán a Duran i Lleida, pero no se replantearán una política que, en el fondo, les ha venido dando unos magníficos resultados electorales ni que sea porque les permite meter el miedo en el cuerpo de quienes dependen seis meses al año de una prestación.

A Convergencia les ha salido bien la jugada. En una época en que otras opciones nacionalistas podrían hacerles sombra, se han metido en el bolsillo a buena parte del electorado de espardeña y barretina más beligerante con las tierras allende el Ebro y, sin embargo, lo han dejado todo perfectamente bien para no tener que cambiar nada si llegan a tener capacidad de decisión en Madrid.

viernes, 7 de octubre de 2011

Una receta de psicótropos

¡Qué suerte tenemos la gente de mi generación! Por lo visto, las criaturas de hoy en día tienen graves problemas psíquicos que afectan a su imagen personal y a su autoestima. No sé qué parte de responsabilidad tendrán en ello los transgénicos y las radiaciones electromagnéticas, factores a los cuales la población de hace unos años no estuvimos expuestos, pero igual resulta que alguna responsabilidad tenemos quienes deberíamos cuidarnos de su educación.

En una época en la que todo el mundo busca excusas para no sentirse responsable de nada, es muy sencillo recurrir a la búsqueda de etiquetas para justificar las desgracias. Así, si una criatura no se mueve es autista, si se mueve demasiado tiene TDAH y si es un poco rarita sufre bullying; Términos todos ellos que se debían desconocer en mis tiempos tanto como las píldoras para tratarlos. Sólo en casos extremos existía un medicamento milagroso que nos salvaba de la horfandad: el agua del Carmen.

La verdad es que no creo que tuviésemos graves problemas con nuestra autoestima o nuestra imagen personal. De hecho yo no había oído hablar de eso de la autoestima hasta que lo estudié en la universidad. Habían guais y pringadillos, eso sí, pero cada cual aceptaba su rol con naturalidad, sin que ello supusiese un trauma con enormes repercusiones.

Tal vez y sólo tal vez, tenga que ver con que aprendimos con muy pocos años que el antropocentrismo ya estaba pasado de moda, que no teníamos ningún tipo de derecho adquirido y que en esta vida las cosas había que ganárselas. Vaya, que la fama cuesta y que aquí había que empezar a ganarla con sudor... y lágrimas, si era preciso.

Al final va a resultar que eso de que a un niño no se le levanta la voz y menos se le da un cachete, de que si fracasa escolarmente la culpa es del colegio y de que no se le castiga sino que se le invita a la reflexión, tiene más efectos secundarios de los que pensábamos. Menos mal que la ciencia sigue su curso y que con el tiempo tendremos todo tipo de medicamentos que hagan de la infancia una época feliz.

Claro que, teniendo en cuenta el ritmo de los recortes, quizá haya que acabar rescatando una económica medicina que resultó muy eficaz hasta finales de los ochenta. En aquellos tiempos una colleja en el momento oportuno ayudaba a recolocar nuestras neuronas y facilitaba la sinapsis. Creo que esa fue, en buena parte, la receta que nos permitió sobrevivir con más o menos éxito a una infancia en la que no teníamos ni una cuarta parte de lo que tiene nuestra patológica descendencia.

miércoles, 5 de octubre de 2011

Hablé con ella

No es que fuese la primera vez. En casi 16 años de matrimonio lo hemos hecho más veces, pero nunca hasta ahora me había propiciado una entrada en el blog. Tampoco es que me dijese algo tan novedoso y, posiblemente por eso, por repetitivo, he decidido desahogarme de una vez.

La situación en el trabajo de mi mujer se enrarece. Los recortes en la sanidad catalana han llevado a plantear un ultimátum de aquellos que ahora tanto se llevan al personal del hospital en el que nos conocimos. Nada de todo eso es extraordinario, como tampoco lo es la reacción del personal, en un tono muy similar al que sufrí como representante del personal en el ayuntamiento en que trabajo.

Supongo que forma parte de la elaboración del duelo. Entre la negación y la ira aparece un victimismo recalcitrante. Frases como "que paguen ellos", "no nos merecemos esto", "la culpa no es nuestra" o "todo recae sobre nosotros" se repiten entre la gente que reparte las culpas del asunto entre la clase política, las entidades financieras y la especulación.

Pues bien, no voy a decir ahora, después de todo lo que he escrito, que la clase política se haya comportado adecuadamente en la gestión de los buenos tiempos. Dejando de lado las posibles corrupciones, el despilfarro ha sido de tal magnitud que ahora el endeudamiento se supone que nos ha dejado en el más absoluto de los bloqueos.

Sin embargo, de toda esa gente que ahora critica, debió ser un ínfimo número el que criticó en su día que se construyesen aeropuertos inútiles o se desdoblasen carreteras sin tráfico. Todo el mundo exigía un Centro de Atención Primaria (de esos que ahora no se pueden sostener) a la vuelta de su esquina, independientemente de que en su barrio o pueblo viviesen cuatro gatos.

Criticamos, sí, la gestión de la Seguridad Social pero ¿quién no conoce a alguien que cobra una invalidez y podría estar ocupando nuestro puesto de trabajo? ¿nadie ha colado con la cartilla de pensionista del abuelo los medicamentos de la niña? ¿Es inimaginable que alguien haya encubierto con un par de días de baja una ausencia no justificada al trabajo?

Lo he comentado con mucha gente y creo ser la única persona que conozco que en las últimas elecciones generales votó a un partido político porque prometió subir los impuestos. ¿Seguro que nadie votaba a quien prometía bajarlos?

El sistema financiero ha sido el catalizador de nuestra situación actual al olvidarse del interés social y del riesgo a la  hora de hacer negocio, pero ¿de veras nadie sabía que le estaban ofreciendo un crédito por mucho más valor del que tenía lo que compraba? ¿Seguro que no había quien, conscientemente, se hipotecaba más allá de su capacidad realista para pagarse vacaciones o coches nuevos?

Y la especulación financiera ha sido y sigue siendo el factor concomitante más grave de todo el proceso pero ¿Todo el mundo sabe en qué se invierte el dinero que tiene depositado en fondos de inversión o de pensiones? ¿Cuánta gente está ahora mismo retirando su dinero de esos productos para invertirlos en la banca ética?

He defendido (y pienso seguir haciéndolo) a las personas trabajadoras (a las gandulas siempre me ha costado un poco más) ante cualquier injusticia patronal pero, antes de quejarnos de que pretendan recortarnos sueldos ¿Hemos cambiado alguno de nuestros hábitos despilfarradores en nuestro desempeño profesional? ¿Cuántos niños y niñas imprimen sus trabajos escolares en folios hurtados del trabajo de sus progenitores?

Será porque me dediqué en su día al prevencionismo que no me gusta hablar de culpas (eso lo dejo para la carrera judicial) porque, entre otras cosas, siempre suena a castigo. Sé que el barco se hunde y me obligan a achicar agua. Yo no hice el boquete así que... ¿me niego a bombear? Ya llegará el tiempo de exigir responsabilidades . De hecho, podemos empezar a hacerlo el 20N con una parte y a diario con otras si nos pensamos un poco mejor lo que hacemos con nuestros ahorros.

Escudarse en que otra gente lo hizo peor o tiene mayor responsabilidad no nos ayudará ni a salir de ésta ni a evitar la próxima (que yo pronostico definitiva), así que tal vez deberíamos empezar a autoanalizarnos en parte y a estar en disposición de rectificar aquello que esté en nuestras manos y, sobretodo, a enseñar a nuestra descendencia a no cometer nuestros mismos errores.

Yo, por mi parte, voy a empezar a asumir los míos y, en consecuencia, no volveré a haceros víctimas de mis conversaciones familiares.
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