jueves, 3 de marzo de 2011

Me C(i)Uesta comprender

Me alegro por las 2000 personas que antes de mi próximo cumpleaños habrán conseguido jubilarse a los 60 años con incentivo incluido, aunque no lo entiendo.

Me cuesta comprender que quienes defendían hace cuatro días que había que alargar la edad media de jubilación real en España hasta los 65 años, ahora apuesten por anticipar la del personal a su servicio.

Me cuesta comprender que eso se entienda como un ahorro para los presupuestos públicos sólo porque una parte de lo que percibirán esas personas deje de salir del presupuesto de la Generalitat para imputarse al de la Seguridad Social a la que, además, no aportarán nada.

Y me cuesta comprender que además se haga todo ello con intención de suprimir las plazas del cuerpo docente que ocupaban esas personas. Es decir, que el objetivo final sea disminuir el número de profesores y profesoras en las aulas catalanas.

En definitiva, me cuesta comprender que se haga una apuesta por atacar de una tacada a la Seguridad Social, al sistema educativo y a la dignidad de quienes se nos pidió comprensión y sacrificio para, supuestamente, mantener un sistema de pensiones al que ahora se puede apuñalar por la espalda impunemente.

miércoles, 2 de marzo de 2011

De las intenciones a los hechos

Lo decía ayer: eso sería tema de otro post. Pero como Cristina me pregunta porqué todos mirábamos hacia otro lado mientras se perdían los derechos humanos en Libia, me veo en la obligación moral de ofrecerle mi discutible opinión al respecto.

Seguramente fue redactada con la mejor de las intenciones y quizá la Asamblea General de Naciones Unidas hasta se la creía cuando la aprobó. Pero en sus sesenta y dos años de vida, la declaración universal de los derechos humanos se ha convertido en un instrumento en manos de los estados más poderosos y poco más.

Pocos gobiernos se preocupan de por qué forro se pasan los derechos humanos en cualquier país que no disponga de reservas petrolíferas por controlar o economías emergentes por colonizar, en cuyo caso la violación de éstos se convierte en la excusa perfecta para derrocar a un dictador que no accede a según qué tratos o para invadir un país que amenaza la economía de los ricos.

No creo que haga falta hacer una lista exhaustiva para confirmar mi hipótesis, pero tal vez sirva recordar la poca prisa que se dio nadie en acabar con el conflicto de los Balcanes o lo poco que importaba el pueblo kurdo masacrado por Hussein hasta que a éste le dio por invadir Kuwait, por ejemplo.

Pero no hay que tirar de hemeroteca en absoluto para tomar conciencia de esa instrumentalización. Ayer mismo Ban Ki-Moon exigía que en Libia se respetasen los derechos humanos más fundamentales y citaba entre ellos el derecho de reunión y la libertad de expresión. Si alguna vez se ha manifestado con tanta energía contra China, cuyo último premio Novel aún no sabe que lo ha ganado, no sólo nadie le ha hecho caso, sino que se han dedicado a regalarles juegos olímpicos y beneficios comerciales desde todos los países.

Sarkozy reconocía el otro día que Francia no había hecho en Libia nada que no hubiesen hecho los demás y Rodríguez Zapatero estaba estos días negociando con emires árabes que no puedo acusar de nada pero a los cuales no me extrañaría ver en la palestra a medio plazo.

Echando una mirada al mundo llega uno a la conclusión de que los derechos humanos ocupan una prioridad mucho inferior que los intereses económicos en la política. De hecho, mal vamos cuando la tutela de esos derechos humanos se la ha atribuido hasta hoy un país que no respeta el más fundamental de ellos y mantiene vigente la pena de muerte.

No dudo de la bondad de una declaración que nació cuándo y como lo hizo, en plena resaca del horror Nazi. Pero tengo claro que igual que el holocausto fue una anécdota y Hitler tuvo amigos hasta que amenazó la integridad de las grandes potencias de la época, las perennes violaciones de los derechos humanos de hoy quedarán silenciadas mientras haya espesos mantos de dólares, euros o barriles de petróleo bajo los que ocultarlas.

martes, 1 de marzo de 2011

Dictadores y dictadores

Es evidente que las dictaduras empiezan a estar pasadas de moda y que, seguramente, nunca fueron buenas. Aún así, creo que los recientes acontecimientos norteafricanos nos demuestran que hasta en esto de los dictadores (y lo digo en masculino porque no creo que haya habido muchas dictadoras) hay clases y clases.

Como creo que todas las personas acabamos durmiendo única y exclusivamente con nuestra conciencia y que, en consecuencia, es la única con quien tenemos la ineludible obligación de conciliarnos para evitar autoimponernos la pena capital, considero que la mayoría de dictadores de la historia han estado convencidos a su manera de que estaban haciéndole un gran favor a su patria y, por ende, a sus compatriotas.

Habrá quien alegará que es imposible que alguien piense eso mientras oprime, maltrata, tortura o ejecuta a, tranquilamente, la mitad de la población. Estoy casi seguro de que para ellos, esa media población eran otra cosa. Algo así como el peligro para la buena ciudadanía, para quienes de veras merecían heredar la patria.

Aún sin compartir ese punto de vista, me cuesta poco entender que en Egipto o en Túnez los gobiernos autoritarios aguantasen el descontento ciudadano hasta que tuvieron la constatación de que no eran sólo aquellos otros quienes se oponían a ellos, sino que estaban solos. Llegados a ese momento, conscientes o no (seguramente no) del mal que habían hecho en la tierra que creían defender, su instinto de supervivencia les obliga a desparecer de escena.

Pero lo de Libia o, mejor dicho, lo de esa especie de Michael Jackson en versión dictador que es Muammar al-Gadaffi, es diferente. Que a estas alturas defienda teorías de la conspiración y niegue que su pueblo se haya revelado contra él, no es más que la muestra de un enajenación mental que, por desgracia, está costando demasiadas vidas. Una locura que seguramente se ha ido cociendo a fuego lento durante demasiados años de poder absoluto y que se ha alimentado, en gran parte, por parte de muchos de los que ahora lo repudian y amenazan desde el extranjero. Claro que, esto último, sería tema de otro post.

martes, 22 de febrero de 2011

Lost in translation?

Que nadie sufra. No voy a dedicarme ahora a la crítica cinematográfica y mucho menos a la de películas que no he visto. Sólo me preguntaba si, en el caso de que se confirmase la teoría de que Cristóbal Colón no zarpó de Palos, sino de Pals, en su viaje hacia las américas, el "error" habría que atribuirlo a un simple problema de traducción o podrían suponerse malas intenciones.

Seguro que de lo segundo habrá muchas tentaciones y yo no voy a desmentirlo. Si América se hubiese descubierto en los años cuarenta del siglo veinte casi apostaría porque se había tratado de una manipulación política. Si se hubiese dado en la actualidad, no me atrevería a descartarlo.  Pero mi ya más que confesa incultura histórica (entre otras) me impide argumentar si a finales del siglo XV y principios del XVI existían ya conspiraciones judeomasónicas anticatalanistas.

Lo que sí que parece claro es que en aquellas épocas no existía internet y que los cronistas eran casi tan fiables entonces como yo en cuanto a fiabilidad. Así las cosas y teniendo en cuenta que a mí me enseñaron que las naves que descubrieron el nuevo continente salieron de una inexistente población llamada Palos de Moguer, tampoco sería de extrañar que tal confusión fuese simplemente fruto de la inexactitud de quienes dieron fe de los hechos.

En todo caso creo que más allá de la anécdota y de poder conceder a cada población el mérito que le corresponda (para que puedan hacer campañas turísticas y esas cosas), no deberíamos buscarle más trípodes al gato. Saliese de donde saliese Don Cristóbal (o quizás Cristòfol, a fin de cuentas), los cinco siguientes siglos fueron lo que fueron y nadie los cambiará. Que cada cual opine si por suerte o por desgracia.

martes, 15 de febrero de 2011

La resurrección del Catón

Que el gobierno de Convergencia venía con las tijeras en la mano estaba cantado. Lo que no sabíamos era hasta que punto el criterio y el sentido común iba a imperar a la hora de utilizarlas, y en eso creo que no están acertando demasiado.

No creo que fuese novedoso que me postulase yo en contra de los recortes en el gasto público, especialmente en tiempos de crisis, cuando si la administración no tira del carro, el carro se para o cae hacia atrás. Pero si es que hay que recortar en algo, existen tres pilares básicos del estado del bienestar que no deberían ponerse en la lista nunca: educación, sanidad y pensiones.

Las pensiones ya las tocan desde Madrid, así que al ejecutivo catalán lo único que le corresponde es facilitarle el trabajo al español. Con la sanidad no se han metido aún, aunque ya han alavado las virtudes de los seguros privados de salud. Con la educación ya han empezado.

Negarse a aumentar el número de docentes cuando es sabido que se va a incrementar el volumen de alumnado en las aulas es una mala noticia. Mantener los barracones por los que tanto se criticó al gobierno anterior, un mal menor. Decidir interrumpir la informatización de las aulas de secundaria, un despropósito.

Podríamos discutir mucho sobre si la manera como se empezó el proceso de tecnificación era el correcto, si los medios eran suficientes o si el profesorado estaba preparado para el cambio del papel por la pantalla, pero los hombres y mujeres de mañana, si quieren gozar de aquella competitividad de cuya carencia se nos acusa a los de hoy, deberán ser auténticas máquinas de exprimir las tecnologías de la información y la comunicación.

Creo haberlo dicho alguna vez: lo que más me preocupa de esta crisis es cómo saldremos de ella. En sus albores nuestra clase política decía una y otra vez que la formación debía ser una pieza esencial para situarnos en mejor posición en la parrilla de salida de la postcrisis. Sin embargo, una vez más, apostamos más bien por bonificar contratos indiscriminadamente y por ahorrar en la educación de nuestras generaciones futuras.

Rescatar el Catón puede ser barato a corto plazo, pero es una hipoteca muy cara que habrá que pagar en el futuro con un interés difícilmente asumible.

miércoles, 9 de febrero de 2011

Los estribillos cansan

La verdad es que no llevo la cuenta de los días de mandato del gobierno convergente en la Generalitat de Catalunya, así que no sé cuántos les quedan para consumir aquellos cien que, según la tradición, se le concede de gracia a quien se estrena en tales menesteres. Precisamente por esa costumbre, no seré yo quien juzgue anticipadamente su gestión, pero sí quisiera exponer una impresión temprana.

El señor Mas y su equipo prometían encarrilar la situación del país con mejores artes que las demostradas por sus antecesores, los del tripartito que, según CiU, lo habían hecho de pena. Hasta el momento, la segunda parte de la afirmación la han ido repitiendo hasta la saciedad. Todo está muy mal y todo por culpa del mal gobierno progresista, que derrochaba sin gestionar. Sin embargo, las alternativas tampoco lo han sido tanto.

Han apretado un poco más la tijera que, aunque fuese por aquello de que a la fuerza ahorcan, ya se había empezado a usar y han hecho lo posible para recurrir a los mercados financieros en busca de fondos, imitando el invento de Castells. Eso sí, se supone que han eliminado la limitación de velocidad de los accesos a Barcelona aunque, en la práctica, ello haya consistido más bien en un cambio de placas indicadoras.

Espero que, una vez pasado el periodo de aclimatación, nuestro nuevo gobierno tenga más capacidad para imaginar caminos nuevos porque el estribillo de "¡qué mal lo han hecho antes!" puede resultar muy útil para una campaña electoral, pero sólo puede servir para acabar de lapidar la escasa confianza que la ciudadanía aún deposita en sus gobiernos si no se sustituye a corto plazo.

domingo, 6 de febrero de 2011

La invasión de los veganos

La verdad es que supe de su existencia casualmente, mientras veía una película "diferente". Scott Pilgrim tuvo que luchar contra uno de ellos, que resultaba ser uno de los malvados exnovios de Ramona. La noche siguiente, mientras compartía cama con la primera entrega de la sala Millenium, Michael Blomkvist hizo referencia a ellos, de manera que me acabó de picar la curiosidad y me documenté mínimamente vía Wikipedia sobre esa especie de secta vegetariana y animalista.

Pero fue dos días más tardes cuando llegué a la conclusión de que los veganos están en pleno proceso de invadirnos. Lo hacen sutilmente, casi tanto como los orientales del cuento de Pere Calders. Sea como sea, ya están imponiendo sus normas. Primero prohibieron los animales en los escaparates de las tiendas de animales, luego las corridas de toros y ahora, según descubrí en un reportaje televisivo, es obligatorio tener distraídos a los animales estabulados, incluso cuando su destino no sea el sacrificio, sino las eyaculaciones múltiples.

Dejo aquí mi advertencia. Estoy convencido de que vendrán más cosas. No me extrañaría que me obligasen algún día a cantarle a mi perro una nana cada noche mientras se pone en brazos de Morfeo o quien sabe si tendremos que adoptar a la descendencia del cerdo vietnamita de porca misèria o, en su defecto y para las fans más acérrimas, el de George Clooney. Mi consejo es que empecemos a despedirnos de buena parte de nuestra sabrosa dieta mediterránea y empecemos a acostumbrarnos a las verduras al vapor y las bebidas de soja.
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