miércoles, 4 de agosto de 2010

¿vale más prevenir que curar?


Alfredo Pérez Rubalcaba, uno de los pocos ministros actuales si no el único que aún me merece una cierta credibilidad, anunciaba ayer la detención de dos etarras que, al parecer, fueron los autores del asesinato del exjefe de la policía local de Andoain, Joseba Pagazaurtundua. Lo para mí impronunciable del apellido de la víctima me hizo pensar en lo absurdo del supuesto conflicto vasco que acaba llevando al fraticidio, pero mi reflexión va de otra cosa.

Durante su comparecencia, Rubalcaba recordó algo que ya le había oído decir en alguna otra ocasión: si ETA no mata, no es porque no tenga voluntad de hacerlo, sinó porque cada vez lo tiene más difícil. Evidentemente la frase pretende avisar del peligro que supone la banda terrorista, pero tiene también una segunda lectura parecida a la que hago de la última campaña de sensibilización contra los incendios forestales de la Generalitat de Catalunya: la mejor manera de acabar con un incendio es no dejar que empiece.

Y es que por una vez voy a romper una lanza en favor de la clase política. Quiero poner de manifiesto lo desagradecido que es hacer las cosas bien desde el punto de vista de quienes tienen responsabilidades públicas.

Si se produce un incendio y se despliegan cientos de medios y se extingue con más o menos celeridad, el gobierno lo ha hecho muy bien, al igual que si se produce un atentado y a los cuatro días se detiene a sus autores. Si no hay atentados ni incendios, ¿qué hacen los ministerios y conselleries de interior?

Tenemos una cultura mucho más preparada para valorar las políticas reactivas, aunque sean improvisadas, que las proactivas, que siempre tienen que ser planificadas y consecuentes. Teniendo en cuenta que siempre requiere más esfuerzo, constancia y previsión la prevención que la cura, estamos continuamente reforzando que nuestra clase política deje aflorar los problemas para luego sacar conejos de la chistera.

Alguien dijo algún día que los pueblos tienen el gobierno que se merecen. Tal vez tuviese razón y nuestro problema sea que hemos enseñado a quienes se dedican a la política que es más rentable curar que prevenir, pero quizá nunca sea tarde para aprender de nuestros errores.

domingo, 1 de agosto de 2010

¿Sería justo que existiese la justicia?


Por algún extraño motivo que nunca he llegado a entender, la gente tenemos la tendencia a pensar que la vida en general debe responder de alguna manera a criterios de justicia. Es como si de veras creyésemos que el mundo se rige por algún tipo de normas más allá de las físicas y que la suerte existe y además se reparte de manera racional.

Cuando uno empieza a tener una edad comprende perfectamente que eso de la justicia es un invento humano y además el concepto de lo que es o no justo varía de unos tiempos y culturas a otros o incluso del punto de vista des del que se analice.

Uno de aquellos momentos en que siempre me hace gracia que alguien haga referencia a la justicia es cuando se refiere al deporte. Tal o cual equipo ganó el encuentro justamente o bien fue injusto que cayese derrotado.

El deporte es, ni más ni menos, que un reflejo en muchas cosas de la vida en general. Lo es porque requiere esfuerzo y porque quienes saben sobreponerse a las desdichas tienen más posibilidades de éxito que quienes se hunden a las primeras de cambio. Y lo es también porque la justicia no existe.

En unas de las disciplinas en las que dicha afirmación queda evidenciada es en las pruebas individuales de atletismo y especialmente en las que, como la maratón o la marcha, todo se juega en una sola serie. Cuando, como pasó este europeo de Barcelona, una marchista pierde toda opción de victoria después de años de esfuerzo y de demostrar sus capacidades por una inoportuna sobrecarga muscular durante la prueba, eso no es justo. Como no lo es quedar fuera de la mejora por un centímetro en el lanzamiento de martillo, por ejemplo.

La justicia no existe. Es una entelequia que usamos para instrumentalizar muchas veces la venganza y así tener nuestro momento de satisfacción después de una desdicha, pero la justicia no existe. De todas maneras su ausencia también da oportunidades a quienes, de otra manera, nunca la hubiesen tenido. Tal vez no sea justo que la justicia no exista, pero quizá resulte más apasionante así la vida.

jueves, 29 de julio de 2010

La perversión del tema


Ya le dediqué un post al tema de la prohibición o no de las corridas de toros, así que no voy a perder ni un renglón en argumentaciones a favor o en contra. Lo que sí que quiero expresar es mi, llámemosle malestar, por esa capacidad de no sé quién para transformar cualquier tema en una cuestión identitaria.

Hasta donde yo sé todo el debate que ha llevado a la prohibición de las corridas de toros en Catalunya (si el Tribunal Constitucional o las cortes españolas no lo impiden) empezó a raíz de una iniciativa legislativa popular promovida por un grupo proteccionista de los animales. A partir de ahí, cada una de las firmas tendría sus motivaciones, pero la argumentación de la ILP era clara: la defensa de los derechos de los animales.

Al final se ha acabado transformando en una discusión sobre de dónde es cada tradición, un torero se ha disfrazado con una senyera y una barretina en una plaza y el PP vuelve a hacer anuncios apocalípticos sobre la unidad del estado a causa del resultado de la votación.

El debate entusiasmador a veces, amenazador otras de las identidades, las secesiones y los proyectos nacionales empieza a cansarme. De la proliferación acelerada de candidaturas independentistas se deduce fácilmente lo políticamente rentable que debe ser convertir en debates soberanistas cualquier tema.

Me parece fantástico que discutamos qué futuro debe esperar a esos conjuntos , para algunos inclusivos y para otros no, llamados Catalunya y España. Me parecería perfecto que de una vez por todas (he dicho una, no tantas como sea necesario para satisfacer a alguna de las partes) nos consultasen al respecto y se actuase en consecuencia. Sin embargo, me parece fatal la incapacidad de discutir absolutamente nada sin acabar hiriendo susceptibilidades y levantando ampollas en las sensibilidades ajenas.

miércoles, 28 de julio de 2010

88 millones de nada


Esa es ni más ni menos que la diferencia entre los 11 millones de euros de beneficios declarados por la junta saliente del Barça y los 77 de déficit que, según la junta entrante, ha tenido el mismo club en el último ejercicio.

La historia no es nueva y, de hecho, se trata simplemente de presentar un panorama fácilmente mejorable para poder hacer en el futuro un balance positivo de la gestión por parte del equipo que pasa a hacerse cargo de la entidad. Seguramente ellos presentarán un beneficio al final de su mandato que, en caso de que sean sustituidos, será considerado incorrecto por una nueva auditoría.

¡Mira que en mi casa llega a resultar fácil calcular el resultado del ejercicio! Si cobramos X y gastamos Y, el resultado es X menos Y. Pero se ve que eso, cuando se cuentan los euros por millones es mucho más complejo.

La conclusión, pues, no puede ser una crítica hacia la gestión ni de los que han salido ni de los que entran que, entre otras cosas, no me preocuparía en lo más mínimo si no fuese porque buena parte del dinero que maneja esa entidad en concreto proviene de fondos públicos, aunque sea vía televisión autonómica.

Para mí la lección es lo poco fiables que son las conclusiones financieras llámense auditorías o pruebas de stress. Las finanzas, como las estadísticas, no dejan de ser números que pueden servir para maquillar muchas cosas y que se pueden explicar con criterios diferentes en función del interés.

Y si los resultados pasados de un club deportivo son tan complejos de explicar, ¿debemos creernos los augurios futuros de las economías estatales? Tal vez quepa plantearse que utilizar ese invento de la macroeconomía-ficción para justificar reducciones de sueldos, recortes de derechos y ataques a las políticas sociales es tanto como dejarse hipnotizar por las incomprensibles palabras de un brujo de cuyas intenciones cabe desconfiar.

Quizá sea hora de poner en el centro de toda decisión unas cifras más representativas de la realidad de las personas y preocuparnos menos de los cantos de unas sirenas que ya sabemos que, con frecuencia, más que nuestro porvenir procuran nuestra perdición.

martes, 27 de julio de 2010

Harto de responsabilidad


Creo que una de las palabras que más he oído pronunciar a nuestros cargos públicos últimamente es "responsabilidad". Lo han hecho cada vez que han anunciado algún recorte, ya sea salarial, de derechos, de servicios, de subvenciones o de lo que sea y lo han utilizado para investirse de una especie de halo que parece darles el derecho de cargarse lo que sea y exigir ser reconocidos por ello.

Parece ser que eso de la responsabilidad se debe poner en práctica sólo cuando las cosas vienen mal dadas, los recursos no llegan para todo y, en consecuencia, toca exigir sacrificios a diestro y siniestro y echarse atrás en los compromisos antes repetidos hasta la saciedad.

Yo me pregunto: ¿Dónde estaba la responsabilidad de nuestros cargos públicos cuando, en los buenos tiempos, decidieron endeudarse más allá de lo que era previsible poder recaudar en el futuro? ¿A qué responsabilidad se encomendaron a la hora de prometer y comprometerse en cosas que se ha demostrado que no se pueden cumplir? ¿fue responsable alardear sin pudor y aprovecharse de un sistema económico basado en un sector que era evidente que algún día dejaría de poder tirar del carro sin procurar una alternativa?

No espero respuestas porque ya las sé. Sólo quería desahogarme porque empiezo a estar más que harto de los excesos de responsabilidad que rezuman las alcaldías, las presidencias autonómicas y los consejos de ministros.

domingo, 25 de julio de 2010

Fiesta a pesar de la tragedia


Por alguna extraña razón tendemos a olvidarnos de nuestra naturaleza animal y a considerarnos extremadamente diferentes de esos otros seres sobre los que creemos poseer un derecho preferente. De vez en cuando, sin embargo, suceden cosas que nos pueden hacer reflexionar sobre tales consideraciones.

Que el motivo sea una fiesta electrónica llamada Love Parade no es óbice para que el hecho de agolparse cerca de millón y medio de espécimenes en un escaso territorio me recuerde a las estampidas de la sabana africana.

Si además, por motivos totalmente ajenos a cualquier raciocinio, esos espécimenes empiezan a actuar de forma temeraria y a propinarse empujones hasta el punto de acabar con la vida de diecinueve de ellos y herir a cientos, eso no creo que nos haga merecedores de considerarnos muy diferentes en cuanto a comportamiento de cualquier otro animal de los que llamamos salvajes.

Pero es que, justamente, el motivo de la reunión era eso, una fiesta de música electrónica. Y de todas las imágenes que hasta el momento he podido ver del suceso, la que más me ha llamado la atención ha sido la de cómo continuaba la fiesta después de la masacre.

Si nuestra supuesta inteligencia superior está tan privada de sentimiento hacia nuestra propia especie que nos permite seguir disfrutando de la fiesta que ha matado a diecinueve personas, dudo que eso nos haga merecedores de ningún derecho por encima del de cualquier otra especie animal.

viernes, 23 de julio de 2010

El descontrol de los controladores


Saber quién tiene razón (si es que alguien la tiene) en el tema de los controladores (y controladoras, supongo) aéreos basándose en lo que ha trascendido en este último y los anteriores episodios del conflicto abierto entre este colectivo y el estado resulta más que difícil. La razón, de hecho, parece ser lo que menos impera en esa difícil relación laboral que se caracteriza por la presencia de un sindicato corporativo en un colectivo en posición dominante y una administración que, una vez más, demuestra saber hacer cualquier cosa menos gestionar, especialmente cuando se trata de recursos humanos.

No tengo mucha idea de las condiciones laborales de quienes se dedican al control aéreo pero, por lo que ha trascendido, difieren mucho a las de mi cuñada que, por vía de una ETT, está facturando maletas en un aeropuerto. Evidentemente las dos funciones son prácticamente igual de básicas para que el sistema funcione pero facturar maletas lo puede hacer cualquiera y controlar el tráfico no: he ahí la situación dominante.

Y de la diferencia de condiciones se deriva que el colectivo esté representado por un sindicato corporativo. Sólo un sindicato corporativo puede tener la sensación de tanto agravio en el colectivo que, junto con el de pilotos (también representado corporativamente), tiene seguramente las mejores condiciones económicas y laborales del ámbito del transporte aéreo.

De hecho muy posiblemente el propio sindicato de controladores es consciente de la situación en que se encuentran especialmente en la coyuntura económica, social y laboral de este momento y por eso no ha convocado, como en otras ocasiones, una huelga que no habría sido entendida por absolutamente nadie. De hecho niegan incluso estar detrás de unas bajas que, por lo visto, eran de larga duración pero se convirtieron en altas tan pronto como el ministerio de fomento amenazó con usar controladores militares.

De todas maneras, cualquier colectivo tiene derecho a luchar por la mejora continua de sus condiciones de trabajo y, en todo caso, para hacer de contrapunto ya está la patronal. Lo que pasa es que en este caso la patronal no es otra que el estado, en forma de ministerio, de AENA o de lo que convenga, pero la administración a fin de cuentas. Y esa administración, una vez más, acaba solucionando el problema de la forma más cobarde, ineficaz y lamentable posible: privatizando.

Me atrevo a apostar porque la privatización del control de nuestro espacio aéreo no ahorrará ni un euro al estado. Estoy convencido también de que no evitará ni mucho menos los conflictos laborales. Lo único que sí que reducirá, porque así de mal entendido lo tenemos la ciudadanía, serán los quebraderos de cabeza del señor Blanco o quien le suceda, que siempre podrá echar la culpa de todos los males a las empresas concesionarias.
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