viernes, 18 de diciembre de 2015

Carta abierta al Sr. Gabriel Rufián, candidato a diputado por ERC

Distinguido Sr. Rufián,

He considerado oportuno dirigirle estas líneas después de presenciar su intervención ayer en el debate electoral de la televisión pública catalana porque acabé con la impresión de que o usted o yo tenemos un malentendido que creo que vale la pena resolver.

Lo digo básicamente porque, si no estoy mal informado, usted es candidato para las próximas elecciones al Congreso de los Diputados por ERC. Creo saber que las elecciones autonómicas (plebiscitarias o no, como usted considere) se celebraron el pasado 27 de septiembre y que, por ende, su campaña tuvo lugar con anterioridad a esa fecha.

Si las afirmaciones contenidas en el párrafo anterior son correctas, no acabo de entender a qué se refiere en algunas de las aseveraciones que repite sistemáticamente. La primera de ellas es cuando dice que a "ustedes" ("nosotros" en sus palabras) los avalan dos millones de votos. Hasta donde yo conozco esa es la cifra aproximada de personas que apoyaron a las listas que defendían la secesión de Catalunya pero, si es a esas a las que se refiere, no entiendo que pueda considerarlas en exclusiva mérito del partido por el cual pretende adquirir un escaño en el congreso.

De esos dos millones de votos, una parte nada despreciable corresponden a la CUP, formación que no concurre a los presentes comicios y que incluso alguno de sus componentes relevantes ya ha manifestado que su voto  no iría a parar a ERC.

El resto tampoco creo que pueda apoderárselos tan gratuitamente, puesto que el partido al que usted representa se presentó a las autonómicas (plebiscitarias o no, como usted considere)  en coalición con otra fuerza que en esta ocasión ha buscado otras alianzas. De hecho en esa coalición también participaban, no sé si formal o informalmente, asociaciones civiles que muy posiblemente también tuvieron repercusión en los resultados (me refiero a ANC y Òmnium Cultural, como mínimo) y que no creo que hayan manifestado el apoyo concreto para su partido.

Así las cosas, Sr. Rufián, a falta de poder discernir cuál fue la verdadera intención de voto de cada persona y siendo muy optimista  hacia su formación, dudo que sea justo que se apunte más de la mitad del voto independentista, es decir, considerar que a usted lo avalan más allá de un millón de votos.

Por otro lado no entiendo su motivación para presentarse en estas elecciones. Usted apunta la inutilidad de intentar negociar nada con el estado español (creo que en otra clara confusión entre un estado y un partido que ha ostentado una mayoría absoluta en la última legislatura, pero eso ya es un juicio de valor) y que el camino para mejorar la situación en Catalunya es la declaración de independencia.

Dicha declaración de independencia, pues, no creo que deba realizarse en el Congreso de los Diputados. Si no hay negociación posible, tal vez deberían realizarla desde el "Palau de la Generalitat" y, por lo tanto, no entiendo la utilidad de dedicar tiempo y recursos a unos comicios que ni les van ni les vienen cuando ni tan sólo se ha conseguido la estabilidad política necesaria en Catalunya. Otras fuerzas, de las cuales usted parece capitalizar los votos, han sido bastante más coherentes en ese aspecto.

Lo último que quisiera compartir con usted ya entra en otro ámbito, el de la reflexión. Cada vez que usted apela al álgebra para defender que un 48% es más que un 39% creo que olvida que la sociedad no responde a ecuaciones matemáticas.

No voy a discutirle esos votos a los que usted denomina del sí/no, a pesar de que dos días antes de las elecciones autonómicas (plebiscitarias o no, como usted considere) tanto el líder de la coalición con la que usted simpatizó como el del partido por el que usted se presenta a estos comicios afirmaban cosas como que cualquier cosa que no fuese votarlos a ellos era votar en contra de la independencia o que votar a CSQP era como votar al PP. Sólo quiero hacerle una reflexión sobre el hipotético día siguiente.

Me refiero al día después de la posible declaración de independencia no pactada que usted considera única vía posible para mejorar la vida de la ciudadanía de Catalunya. Ese día habrá, según sus números, un 39% de descontentos y un 13% de escépticos, indecisos o espectantes, como prefiera, y se me ocurren dos posibles escenarios a medio plazo:

El primero es que sus augurios se confirmen y a los pocos meses tengamos esa idílica república catalana que usted defiende y que a veces parece que pueda adquirir como himno la canción del Kumbayá. En ese caso, dudo que nadie se queje y que, incluso, de forma explícita o no, buena parte del 52% de no votantes de la opción separatista cambie de bando.

Pero hay un segundo que considero que no es descabellado y consiste en que, al menos al corto y medio plazo, las cosas no salgan tan bien. Que las cuentas no cuadren como esperan cuando tengan que pagar la factura del ejército (propio o alquilado), de la agencia tributaria, de la seguridad social, del control aduanero, de la expedición de documentos, de la diplomacia, ... o que ante la presión de un estado español que no haya visto con buenos ojos la secesión catalana, esa república no sea reconocida por la mayoría de potencias y eso comporte problemas diplomáticos y comerciales que agraven la nada halagüeña situación actual.

En este segundo escenario, Sr. Rufián, es más que probable que los explícitamente partidarios del no se sientan legítimamente engañados y consideren que se les ha impuesto una situación que no beneficia a la ciudadanía de Catalunya más allá de algunos sentimientos patrios. Y los del sí/no, estoy convencido que ante dicha coyuntura se definirían rápidamente hacia la segunda opción. Incluso aquellos del sí que no provienen de un sentimiento patrio sino del pragmatismo, puede que cambien de opción. Todo ello creo que nos llevaría a una inestabilidad social de muy mal pronóstico y que estoy convencido que usted tampoco desea.

Sr. Rufián, estoy convencido de que sus compromisos de campaña no le permitirán leer este escrito, pero si encuentra un rato durante la jornada de reflexión me atrevo a invitarle a que, sin pretender en absoluto que cambie de objetivo, se plantee un ejercicio de coherencia con su condición de candidato a diputado y de bondad hacia sus conciudadanos y, en el más que probable caso de que sea elegido, se dirija usted a Madrid con la mejor de las actitudes de negociación con el resto de los que se conviertan en sus colegas. La política, Sr. Rufián, es eso, capacidad de negociar y llegar a acuerdos. Pretender imponer cosas amparándose en mayorías parlamentarias que no emanan de una mayoría de votos es más propio de otros a los que usted critica amargamente.

Muy cordialmente,

Ramón Martín Cabeza
Un elector más.




lunes, 24 de marzo de 2014

En ese sitio llamado España

Cuando Adolfo Suárez fue presidente del gobierno, mi idea de la política sólo alcanzaba para hacer pareados entre su frase más popular y el tren metropolitano. Hoy sigo siendo un inculto sobretodo en lo que a historia se refiere, pero la edad me ha dado experiencia y ésta criterio propio, por equivocado que sea. Por eso, en medio de la saturación que la noticia de su muerte ha producido en los medios, me atrevo a opinar que con él ha muerto uno de los dos gobernantes más inteligentes que ha tenido este sitio al que llaman España.

Sólo así se puede entender que fuese capaz de superar la división innata que parecemos tener grabada en el ADN quienes nacemos entre La Jonquera y Ayamonte para, ni que fuese por poco tiempo, conseguir que se construyese un proyecto común. Porque Españas siempre hay dos. Aunque sean muchas dos diferentes. En España eres de derechas o de izquierdas, de aquí o de allí, del Barça o del Madrid, de los míos o de los otros y, en consecuencia, estás conmigo o contra mí. Así se ha escrito nuestra historia, sin necesidad de enemigos para escribir tantos episodios bélicos como el que más.

Esa reducción irracional a la dualidad de los hispanos no es casual, sino una herramienta adaptativa extraordinaria que nos permite echar sobre la espalda del otro bando lo que más nos gusta echar a los nacidos aquí: la culpa.

La culpa es siempre muy socorrida y, si puede ser ajena, aún más. Ante la culpa sólo caben dos posibilidades: disculparse o exculparse. Lo primero hiere el orgullo (y de eso por aquí se anda sobrado) y para lo segundo se requiere "otro" a quien cargarle el muerto y si sólo hay un "otro" mejor, que así se puede convertir en enemigo y, por ende, culpable universal de todos los males.

La alternativa a la culpa es la responsabilidad. Esa sí que es solidaria y nadie se exime de ella por poco que le toque. Pero eso no va con los hispanos. Si los galos de Astérix y Obélix eran irreductibles, los hispanos de Mortadelo y Filemón éramos irresponsables, y lo seguimos siendo. Lo somos seguramente por vagancia, porque la responsabilidad nos obliga a aceptar que tenemos que hacer algo para mejorar las cosas, algo que con la culpa lo tienen que hacer "los otros" que a su vez culpan a los unos, con lo cual, los unos por los otros, la casa por barrer y no arreglamos nada.

Pues aún así, Suárez consiguió la cuadratura del círculo para que en ese sitio al que llaman España se aprobase un proyecto común, sí. La lástima es que al poco se dio cuenta de que no se hizo por un ataque de responsabilidad común ante el reto que se presentaba, sino por miedo. El miedo recíproco entre los fachas y los rojos, la iglesia y los laicos, los civiles y el ejército, los nacionalistas del centro y los periféricos, ... El miedo de todos, en realidad, a tener que hacerse responsable de lo que viniese. Por una vez todos se pusieron de acuerdo en algo: en dejar hacer a Suárez, que así podrían echarle la culpa por haber sido fascista, por dejar de serlo o por ambas cosas a la vez.

Así van las cosas en este sitio desde siempre y, seguramente, para siempre. Nuestro segundo líder más inteligente no lo fue lo suficiente y acabó convirtiéndose en chivo expiatorio por más que hoy todos se deshagan en elogios. Sólo uno fue más inteligente que él: Amadeo I de Saboya, el rey que sólo necesitó dos años para llegar a la conclusión de que España era ingobernable.

jueves, 26 de enero de 2012

¿Y si refundamos el comunismo?. Parte 2: Ideas generales.

Revisando las múltiples definiciones que se han escrito de economía, he quedado gratamente sorprendido cuando, por fin, he encontrado una que se parece a la que yo propongo para el nuevo comunismo: la de la economía del bienestar.

Seguimos anclados en conceptos económicos que parecen responder a la realidad de finales del siglo XIX y principios del XX. En aquellos tiempos el problema central de la economía era alcanzar la eficiencia productiva, dada la incapacidad de satisfacer las necesidades de la población.

Un siglo más tarde, superada en buena parte la incapacidad para disponer de los bienes demandados por la sociedad gracias al desarrollo tecnológico y a la globalización, los poderes económicos han pretendido seguir incrementando las producciones indiscriminadamente, con lo que han tenido que hinchar artificialmente las necesidades de la gente para que demande dichos bienes, cerrando así un círculo vicioso insostenible a medio plazo y que nos ha llevado ya a una situación crítica cuando el ritmo de consumo de esos bienes innecesarios en los que se basaba nuestra estructura económica no se ha podido mantener.

Me estoy refiriendo a que se ha convertido en un problema el hecho de que la gente no cambie anualmente de coche o no adquiera más televisores que personas hay en una casa, por ejemplo. La capacidad de producción ha superado tanto a la de consumo que se han tenido que inventar conceptos como la obsolescencia programada.

Habro aquí un paréntesis para quienes puedan estar pensando a estas alturas que estoy hablando tan sólo de aquellos países a los que llamamos desarrollados. Entiendo que se pueda interpretar así, pero no. Simplemente estoy dando por sentado que el problema de los países en vías de desarrollo, o de los subdesarrollados, no es de capacidad, sino de voluntad. No me alargaré en los detalles porque eso, en todo caso, daría para nuevos posts.

Así las cosas propongo que la economía sea la ciencia que plantee los métodos para alcanzar los mayores niveles de bienestar social a partir de los recursos disponibles en cada momento. De ese modo, indicadores económicos aberrantes como el Producto Interior Bruto, se podrían sustituir por otros como la esperanza de vida, las tasas de prevalencia de determinadas patologías, los niveles de estudios de la población o su índice de ocupación.

Partiendo de ahí, el problema cuantitativo de la produccíón de riqueza no sería el primordial, sino que deberíamos centrarnos en la cuestión cualitativa y en la distributiva. Dicho de otro modo, sabemos que disponemos de una gran capacidad de producción, pero debemos elegir correctamente en qué bienes y servicios la empleamos y cómo lo hacemos para que todo el mundo se beneficie de ella.

Aún así, habrá que producir con suficiencia y con la mayor eficiencia posible. Descartada por la experiencia la economía programada con esa finalidad, habrá que recurrir a la iniciativa privada. Para ello, habrá que facilitar los medios y premiar los resultados y será mediante esos dos mecanismos como se puede incentivar que el esfuerzo se destine hacia aquello que genere mayor bienestar, evitando en lo posible el parasitismo social, ya sea a gran escala mediante la especulación o a pequeña mediante el abuso de los sistemas de protección.

Como creo que hasta aquí ya hay demasiado que leer, dejaré para las próximas entradas cuáles serían los papeles de los diversos actores en ese equilibrio. Fundamentalmente, cabrá definir el papel de las administraciones con sus gobiernos al frente, el de las fuentes de financiación, el de las personas emprendedoras y el de la población en general.

Seguramente, todo seguirá siendo un galimatías inconexo e inaplicable, pero yo mientras tanto me sigo entreteniendo imaginándome lo bien que se podría vivir en una sociedad que realmente tuviese ese objetivo.

jueves, 12 de enero de 2012

¿Y si refundamos el comunismo?. Parte 1: El porqué.

Cuando esta prolongada y profunda crisis estaba en sus albores, los principales líderes mundiales propusieron una solución: refundar el capitalismo. Algunas personas, entre las que me cuento, ya nos echamos una risa con aquella expresión, pero es que el tiempo parece que nos está dando la razón.

Unos años más tarde aquella refundación, si es que ha existido, no sólo no ha mejorado la situación económica o social de los países llamados desarrollados, sino que además la crisis empieza a hacer mella en las democracias occidentales, al ser ese ente abstracto llamado "mercados" quien marca las directrices políticas e incluso quien destituye y nombra gobiernos de estados.

Ante esta situación se puede optar por dos opciones: resignarse a doblegarse ante un sistema económico (y cada vez más político) que conduce al desequilibrio económico, a la acumulación de la "falsa riqueza", la financiera, en unas pocas manos y condena a la miseria al resto o, por el contrario, buscar una alternativa.

Ahí es donde yo, en un ataque de febril ingenuidad, propongo que se pruebe la segunda. Existe una alternativa al capitalismo para reconducir una situación que es tan injusta como insostenible. A esa alternativa yo le llamaría comunismo.

A estas alturas, a quien no haya acabado de considerarme idiota, se le habrá cortado el hipo. Seguramente habrán venido a la cabeza ideas de banderas rojas con dibujitos y cosas por el estilo, pero yo no quiero hablar de eso.

Yo no planteo el comunismo como un sistema político. Más bien como una estructura social que, estoy convencido, es la antropológicamente natural. Si la especie humana ha conseguido conquistar la egemonía planetaria no ha sido precisamente por disponer de unas cualidades individuales excepcionales. El supuesto éxito de nuestra especie sobre el resto de las que habitan nuestro planeta reside, precisamente, en nuestra capacidad de vivir comunistamente.

Si cada una de las personas que aprendió, descubrió o inventó algo lo hubiese guardado para sí, seguramente haría años que la humanidad se habría extinguido entre las fauces de un tigre cavernario o a causa de una sequía prolongada, hecho que dudo que lamentase nadie. Sin embargo, la capacidad de nuestros ancestros para entender que la comunidad estaba por encima del individuo, que la unión hace la fuerza, nos dio la propiedad del mundo.

En cambio, después de milenios de teórica evolución, hemos acabado autoimponiéndonos un sistema que lleva implícito el individualismo. Una sociedad que invita a competir entre congéneres para tener más. Incluso a quitar al resto para poder acumular más. ¿Alguien se imagina una comunidad prehistórica sobreviviendo en esa situación?

Así pues, yo no hablo de Marxismos, Stalinismos ni nada por el estilo. Mi incultura crónica y mi déficit de lectura me convierte en un casi analfabeto en esos temas pero, de hecho, esos modelos llamados comunistas tampoco demostraron mucho éxito en la práctica.

Lo que yo voy a proponer en las próximas entradas de este blog es lo que se vendría a llamar un comunismo antropológico en el que no se renuncie al incentivo en forma de propiedad privada, sino en el que ese incentivo sea el resultado de la contribución a la comunidad. Intentaré vomitar mis ideas sobre en qué debería fundamentarse el sistema y sobre cómo hacer el tránsito hacia él.

Sé perfectamente que mi nivel de conocimientos me hará decir un montón de barbaridades que despertarán la hilaridad. Soy consciente que, ni aunque apuntase hacia el camino adecuado, nada de lo que yo explique podrá ser riguroso y mucho menos tenido en cuenta por nadie que se precie.

No obstante, yo lo escribiré con dos objetivos: el primero, que las aportaciones de quienes tengan a bien contradecirme me ayuden a darme cuenta de lo enfermo que estoy y el segundo, que no vaya a ser que me pase como con el Spining y resulte que de aquí a un siglo se hable de algo parecido y se atribuya su invención a algún máster de ESADE.

jueves, 17 de noviembre de 2011

Al fondo a la izquierda

Siempre he sido del parecer de que unas elecciones nunca las gana o las pierde un partido político. Es la ciudadanía consultada y que después será gobernada por la mayoría electa quien podrá valorar en el futuro si ganó o perdió con la elección.

Muy posiblemente, a fecha de hoy haya mucha gente que creyó ganar y que ahora piense que perdió en su día al votar socialista. Quienes se reafirmen en su elección de hace menos de cuatro años seguramente opinen que no, que si en lugar de a ellos se hubiese elegido a "los otros", la cosa habría sido aún peor. Aunque claro, esa última hipótesis nunca la podremos comprobar porque no pasó.

Aún así, si las encuestas aciertan sí que podremos saber dentro de otros cuatro el resultado de votar de manera absolutamente mayoritaria al Partido Popular. Y lo sabremos, en buena parte, a causa de ese primer grupo al que me refería: el del socialismo desencantado.

La verdad es que no es extraño que exista ese tipo de personas. Gente que se siente ideológicamente de izquierdas pero sin extravagancias y que han visto que cuando la cosa se ha puesto cruda quienes consideraban "los suyos" han hecho una política de un corte neoliberal digna de "los otros". Así las cosas, deben pensar, si hay que hacer políticas de derechas, que las haga la derecha.

Y todo ese pensamiento viene, una vez más, inducido por el error de pensar que sólo hay dos opciones al que nos empuja (y me encantaría pensar que involuntariamente, pero no) el sistema . Que si con la supuesta izquierda hemos tocado fondo, la salida es la derecha porque no existen más que "los unos" y "los otros".

Pues yo me planteo si no puede ser que si cuando las cosas se tuercen la nave se escora a la derecha, en lugar de girar más el timón en ese sentido no tendríamos que intentar enderezar el rumbo apretando hacia la izquierda, no vaya a ser que se escore tanto que al final se hunda.

Vaya, que me planteo que si aquellas personas que piensan votar PP porque el PSOE falló no deberían en realidad votar ICV, Equo o IU. A malas, si éstos se ven forzados a centrarse igual hagan lo que el socialismo desencantado esperaba que hiciese su partido. Porque, por si alguien lo ignora aún, a parte de "los unos" y "los otros" existen "los de más allá" e incluso "los de la otra punta".

Y si alguien a estas alturas aún cree que votar PP puede servir para contentar a quienes de verdad parece ser que mandan, es decir, a los mercados, que miren hacia Grecia o hacia Italia. Los mercados son monstruos insaciables que no responden a ningún amo más que a su propia codicia. Contentarlos es imposible, combatirlos no lo hemos probado y quizá funcione.

Total, que lamentablemente no parece que hayamos tocado fondo aún pero que deberíamos estar seguros de que en esto de la crisis no nos equivocamos de salida y que yo propongo humildemente salir del fondo por la izquierda ni que sea porque, al fondo a la derecha, ya sabemos lo que hay.

lunes, 7 de noviembre de 2011

¿Del Barça o del Madrid?

Aunque parezca mentira, la Liga de Fútbol Profesional, la BBVA, la juegan 20 equipos. Aún así, cuando alguien en este país quiere saber con cuál de ellos simpatizas, te pregunta si eres del Barça o del Madrid, como si las otras dieciocho opciones no existiesen.

Entre las causas de esa creencia se podrían considerar múltiples factores pero, sin duda, uno nada despreciable es el trato que las televisiones prestan a cada equipo. Aunque no he hecho nunca una estadística ni soy tan aficionado al tema futbolístico como para conocer la programación de cada canal relacionada con éste, estoy convencido de que la suma de minutos televisivos dedicados a Barça  y Madrid multiplica unas cuantas veces los que se dedican al resto de equipos juntos.

La justificación, a veces, resulta obvia. Barça y Madrid tienen más afición detrás que el resto de equipos juntos. Pero ese dato, por más real que pueda resultar, no justifica el trato televisivo, especialmente en lo que a las cadenas públicas se refiere. Aunque pueda parecer extraño yo conozco, al menos, a un seguidor del Athletic de Bilbao, a tres del Español y a uno del Sevilla (desde aquí un beso a mi tío Juanjo) que tienen el mismo derecho a ver y saber de su equipo que los culés y los merengues.

Pero es más. Yo que soy más o menos crítico con esto de las televisiones públicas, sólo les vería una razón de ser, precisamente, si apostasen por la pluralidad. Si en lugar de basarse exclusivamente en criterios comerciales, lo hiciesen en pro del derecho a la información y a la diversidad de opiniones en este país (o estado o como cada cuál quiera denominarle). Si defendiesen esa pluralidad sería razonable que dedicasen más tiempo a esos otros equipos a los que nunca las cadenas privadas dedicarán el suyo.

Claro que, si eso fuese así, si las opiniones de Bielsa se oyesen tan a menudo como las de Guardiola, tal vez alguien descubriría que el fútbol se había inventado antes de que naciese el azulgrana. Si nos enseñasen tantas veces a Adrián González como a Cristiano Ronaldo, igual resultaría que a las señoras les acababa gustando más el del Rácing. Y si eso pasase, igual algún día alguno de esos equipillos correría el riesgo de tener tanta o más afición que los dos grandes y quien sabe si entonces éstos podrían llegar a tener los mismos recursos y, en consecuencia, igual esa especie de liga particular de dos dejaría de existir.

Quien haya llegado hasta aquí se habrá dado cuenta ya de dos cosas: de que no entiendo mucho de fútbol y de que si el objetivo de este post era decir eso, me lo podría haber ahorrado. Lo que pasa es que, en realidad, yo quería hablar del debate político previsto para esta noche.

Por si alguien no se ha enterado aún, en España no hay elecciones presidenciales, sino legislativas. El 20 N no elegimos a quien presidirá el gobierno, sino a quienes constituirán las cortes. Serán esas personas las que decidirán quien gobierne. Así las cosas, las opciones van mucho más allá de Rubalcaba y Rajoy, por más que nuestra maravillosa televisión pública nos quiera hacer creer que no es así.

Nuestra querida profesión periodística se queja reiteradamente de que no sé qué ley les obliga a distribuir la horas dedicadas a la información electoral en función de la representación obtenida en los comicios anteriores y después una de sus academias profesionales monta debates exclusivos de hora y media en prime time con tan sólo los dos con más escaños.

A mí no me gusta mezclar el deporte con la política pero, en este aspecto, ambos dan el mismo asco. Quizá parte del problema sea que en política (como en baloncesto) yo no soy ni del Barça ni del Madrid y por eso quisiera que todo el mundo tuviese el derecho de, por lo menos, conocer todas las opciones que tiene para poder elegir realmente en libertad. 

jueves, 3 de noviembre de 2011

A mí que no me pregunten

La que ha liado el tal Papandreu con su idea de convocar un referéndum para preguntar a su ciudadanía no sé qué sobre el plan de rescate europeo a Grecia. Estoy segurísimo de que mucha gente defenderá que precisamente eso es lo que tendrían que hacer con más frecuencia quienes gobiernan y, de hecho, a eso se deben referir todas esas personas indignadas que piden una democracia real. Yo, sinceramente, discrepo.

La verdad es que, si yo fuese griego y teniendo en cuenta que no se sabe exactamente que es lo que se va a preguntar, no tendría ni idea de qué responder. La situación en Grecia es tan delicada que entre quienes se supone que entienden existen discrepancias, así que pretender que yo participe de una decisión de la cual no puedo tener conocimiento suficiente lo considero una irresponsabilidad.

Ese es mi punto de vista, es decir, el de una persona con una inteligencia media, una formación universitaria (aunque de poco prestigio) y un cierto interés por las cuestiones políticas y económicas. Debo ser, más o menos, un ciudadano de la media. Por lo tanto en un referéndum participaría gente mucho más capacitada que yo para dar una respuesta informada a la pregunta. Sin embargo, también tendría derecho a participar el 50% de población incapaz de dar una respuesta mínimamente razonada al asunto y que lo haría en función del tiempo climático del día de la votación, de la simpatía hacia quienes defiendan una u otra opción o por llevarle la contraria al vecino del quinto.

Así las cosas, creo que pasar un asunto así a sufragio popular es algo así como escurrir el bulto a la hora de tomar la decisión más delicada que debe haber tomado alguien en la historia reciente de Grecia. Pasase lo que pasase después, la culpa sería del pueblo. Y todo eso, contando con que no se hiciese trampa en la pregunta, que es lo más probable.

Nuestra representación en cortes y gobiernos nos puede gustar más o menos. Para eso podemos expresarnos en cada comicio e, incluso, concurrir a ellos. En todo caso esas son las personas que ostentan una responsabilidad ineludible por la que cobran y para cuyo desempeño se rodean de gente que debería ser conocedora de los temas que les conciernen.

Queda mucho por avanzar en cuanto a las consecuencias que deberían tener para quienes nos mandan las decisiones erróneas y, en su caso, las malintencionadas; pero pretender que quienes nos representan (aunque haya quien no lo sienta así) nos consulten cada decisión no es sólo una cuestión utópica, sino también una irresponsabilidad en la práctica.

Yo ya voté a quien creí oportuno. Ahora quien ganó que decida y que lo haga bien (que no necesariamente a mi gusto). Yo ya les criticaré, que siempre resulta higiénico pero a mí que no me pregunten porque no sé ni tengo porqué.
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